Opinión: El manto morado

(Texto: Mario Sila) El historicismo se convierte en un bucle y se representa perfectamente mediante sus símbolos. Ideas supuestamente actualizadas que yacían bajo los escombros del muro se propulsan por su rigor mortis, y como la marchita esvástica de los helenos aprendices de nazis forman una ideología zombi, las banderas rojas se han amoratado.

En tierras ibéricas ese recurrente morado era el color elegido que flameaba en los estandartes del conservadurismo etnocentrista de los comuneros castellanos, para tiempo después acompañar a las loas a las cadenas en la guerra de independencia. Así parece pintar el victimismo popular y la fobia a todo lo externo y moderno, sea Carlos V, Napoleón o la Unión Europea.

Otra vez desde un plano inmaculado y morado un paladín desaliñado ha venido con la mesiánica pretensión de salvar a los pobres y vencer a los poderosos, trillado salvador mediático, jefe de los televidentes que se ha ido descascarando en su oposición, y no por sus pequeños casos de corrupción que son forzados por la lupa automática que se posa sobre los que se autoproclaman puros, sino por un descenso en sus pretensiones programáticas que desemboca en un caribe cada vez más escandinavo, se comienza a tantear acercamientos con otros, aparecen congresos nada originales, y su líder sigue su marcha cada vez más omnipresente que hace desaparecer de la escena a quien propone lo que originalmente se proponía, mientras un obsceno culebrón expone su ruptura sentimental o la huida asqueada de su primer lugarteniente, todo sobre la contradicción de la ausencia de candidatas femeninas y el desinterés por las municipales.

Pero la corrupción urbanística y la burbuja inmobiliaria fue un proceso dialéctico, en el que participaron y se beneficiaron no solo los bancos, ayuntamientos e intermediarios, fue una cadena descontrolada de optimismo económico que encegueció también a pequeños empleados que se endeudaron por décadas, gente común que le dio sentido a sus vidas comprando enloquecidamente  productos inútiles y propiedades impagables, al mismo nivel que consumiendo telebasura.

El progreso no está enarbolado en colores, sino que en el conocimiento, y más allá de elites egoístas y políticos corruptos e incapaces, no se puede seguir ejerciendo la impunidad popular de la ignorancia, para tener democracia “real” en el sentido de hacerla más participativa, se requieren ciudadanos cultos, material escaso entre la mayoría adocenada.

La llegada de la telerrealidad comienza a transformar la política, los profetas del marketing rebelde se erigen como los nuevos gurús de los homos videns, que más allá de las inapelables mareas solo interrumpen el esparcimiento electrónico para aplaudir ávidos de que otros se encarguen de pensar para poder seguir sumergidos en la confortable doxa estándar.

El que se dice casto y fuera de la casta debe saber que aspirar al eterno retorno de la queja vacía de innovaciones y el victimismo pueril, para luego practicar una felonía lúdica con una providente retracción del voluntarismo ilusorio, ya no es plausible ni creíble, por eso, es hora de apagar la televisión, porque no podemos seguir ocultando nuestra responsabilidad bajo un gran manto morado.

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