VENTANA DEL AIRE.
Palabras.
[Juan Andivia]

Cuando a finales de los setenta empezaron las campañas electorales, muchos jóvenes confiados e ingenuos, guardábamos los pasquines y octavillas y estábamos ilusionados por un resultado que, a la postre, nunca satisfizo nuestras expectativas. Lo importante era la posibilidad de votar, los avances democráticos, la libertad estrenada. Se hacían tertulias de todo tipo y así se podían conocer las opiniones de los personajes más respetados, humanos, comprometidos e imperfectos, que de todo había. Pero eso pasó. Pasó el coleccionismo y la ilusión y, en la actualidad, ya no existe la inocencia, como consecuencia de los años vividos.

Se ha desprestigiado el término diálogo, utilizado por unos políticos, temerosos de enfrentarse a quien disiente, o de manifestar públicamente sus ineptitudes; por una televisión de zafios y tramposos; por los intransigentes, que lo han reclamado para explotar como claudicación que se acepte la primera de sus condiciones; y por un gobierno torpe y fiel que, en un alarde de docilidad, ha condenado la esencia del parlamentarismo. Nos hemos quedado sin solucionar los problemas, todos encima de la mesa y con la amenaza de consentir en que el único valor posible sea la macroeconomía.

Por el contrario, ha aparecido la política televisiva o viceversa, donde conviven los ingenuos con los trileros y los antiguos papeles se han cambiado por vídeos efímeros. Nada es como era, ni como debiera ser. ¿Por qué no un programa semestral con el título “Donde dije Diego digo…” para desenmascararlos?

Quizás, así las cosas, quienes aún creemos en las palabras y en la palabra tendríamos la esperanza de que alguna vez se quedarían desnudos los mentirosos y en evidencia los incautos y podríamos votar a quienes hubieran superado esa criba tan necesaria.

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