DESDE BARCELONA.
Regreso a la ciudad.
[Jordi Querol]

jordi querol(Texto: Jordi Querol) Tras el viaje de retorno a casa, lo primero que notamos (mi mujer y yo) es la fuerza y el valor de lo cotidiano. Cotidiano es todo aquello que acontece todos los días, lo habitual; por eso, al llegar a la ciudad lo apreciamos de inmediato. Ruidos y conversaciones de vecinos que conocemos desde hace tiempo, olores y ecos característicos, zumbidos de  electrodomésticos que se oyen en los patios… En fin, imágenes, efectos y resonancias que nos acompañan a diario. En Julio, durante las vacaciones, las cosas que pasan, las luces, las brisas, el paseo en barca para alcanzar la Punta de la Flecha, son cosas distintas, y no se renuevan hasta el próximo verano. La proporción es clara, once es a uno; once meses bregando y uno descansando. Lo que acontece durante el periodo de trabajo genera por repetición lo que acabo de contar, la cotidianidad.

A ti, Cartaya, durante este Julio, te he saludado cada día muy temprano, ya lo sabes; así, intento dilatar el día sin conseguirlo.  Veo a tu exalcalde Millán  (que te quiere mucho y que te mira y transita sin cesar); en el bar “En la esquinita te espero” oigo las coplas de Sebastián; miro la deliciosa fachada del Convento de la Santísima Trinidad; hago unas fotocopias en la tienda de Manolo Ponce y hablo brevemente de ti con Paco, el  responsable del restaurante Caribe II (que también te ama mucho); discuto el trazado de un linde con José Bayo; compro churros en la Plaza Chica; voy al Ayuntamiento para saludar a Soledad y a Panduro y aprovecho la ocasión para detenerme unos instantes delante de tu exquisita iglesia parroquial y, la última noche ceno en ‘El Patrón’ con Ramón, Alejandro y Diego, tres buenos amigos.  Definitivamente  aceptado que lo de la velocidad con la que transcurre mi tiempo no se puede enmendar, para compensar esta trágica presteza,  me levanto muy temprano, pero no sirve de nada. Me resigno porque sé que lo verdaderamente dramático surge cuando un día, la velocidad mencionada, se esfuma para siempre. Ahora, con tanta calidad de vida y con tanta experiencia; tantos ordenadores, tantos parlamentos, tantas normas, tanta globalidad (aviones, mails, televisiones y periódicos de todas las tendencias), hemos perdido lo mejor: el dominio del tiempo.  Conformémonos pues, porque el simple hecho de poderlo comentar y escribir ya es mucho, y cavilemos con optimismo sobre nuestro mañana. Tú, amiga Cartaya, blanca y radiante, continua creciendo con mesura que, desde el Castillo de los Zúñiga, muchas almas te estamos observando. Sea como sea, hoy te digo: hasta pronto.

De vuelta a la ciudad  aparecen señales que en El Rompido, y  durante un mes, casi había olvidado. Son signos, que con el tiempo han ido aumentando y, además, aparecen de nuevos. De regreso a Barcelona surge lo cotidiano, algo muy distinto a los pinos ya lejanos pero aún flamantes en nuestra memoria. Inmersos ya en lo habitual, intuimos que los políticos empiezan a organizarse y, sin querer (supongo), unos molestan más que otros; algunos parados han encontrado trabajo y, con ilusión, inician su nueva andadura; muchos adolescentes se han convertido en hombres y mujeres de verdad; y un montón de cosas más. La ciudad siempre nos espera con ilusión porque sabe que llegamos con nuevas energías. Nuestros múltiples y renovados ardores (llenos de luz y vida), se irán diluyendo en ella. La fuerza de estas múltiples variables juntas, la van cambiando, sin embargo, en la ciudad (sus calles, sus plazas, sus piedras) los canjes son más bien lentos pero, a su velocidad, la ciudad continúa evolucionando. Muchas de nuestras esperanzas tienen que ver con ella y, nuestra actitud, nuestro ánimo, y multitud de otros parámetros median sobre ella. Existe una bella dependencia, por eso, al final, siempre regresamos.

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