Laberinto social.
Morir en un encierro.
[Federico Soubrier]

federico soubrier(Texto: Federico Soubrier) Tal vez habría que plantearse lo que vale una vida. Si el jolgorio y el folclore de las fiestas nacionales que se desarrollan a lo largo de nuestra extensa piel de toro merecen el tributo de las siete vidas perdidas desde junio en los encierros.

De alguna manera me recuerda al sacrificio que las tribus del Pacífico rendían a sus dioses lanzando a una virgen desde el cráter del volcán para que se fundiese en la lava y así contener las erupciones para la tranquilidad del pueblo. En nuestro caso solo por divertimento, porque lo instauraron nuestros ancestros, asumimos que cada año va a haber cierto número de muertos.

A los quince años, con el cerebro efervescente de una loca adolescencia en la población de Villacarrillo, provincia de Jaén, fui cogido en un encierro. El toro me atravesó el pantalón de lado a lado dejándome dos agujeros y por fortuna una única quemadura de su asta como tattoo de por vida en el gemelo izquierdo. Todos los participantes estábamos cogidos a la barrera e íbamos saltando conforme la res venía barriendo. A la hora de saltar, las dos personas que tenía a ambos lados  se apoyaron en mí y serví de señuelo, el vacuno me elevó por el aire después de atravesar mis vaqueros contra las tablas y terminar volteado sentado en su trasero.

También caí a la entrada de la plaza cuando tenía cinco astados a unos tres metros y jamás se me olvidará la negra silueta de sus cabezas y cuernos en un contraluz marcado de adrenalina que me secaba la boca haciendo que disfrutase de extraña manera de aquella sensación que me producía el miedo.

Para colmo de estupidez le prometí a una linda chiquilla rubia de Iznatoraf, pueblo colindante, de la que lamentablemente ni siquiera recuerdo  su nombre ni sé qué habrá sido de su vida, que le traería un pelo del rabo de uno de los toros como reliquia de un amor pasajero. Dicho y hecho, en el centro del albero tres hombres retenían al morlaco por el rabo; sin tener ni la mínima experiencia en aquellos avatares también me agarré detrás de ellos, momento justo en que todos se fueron corriendo. No sé si la impronta de mi corta vida pasó por mi cerebro, pero aquello era la pescadilla que se quiere morder la cola. El bicho detrás mío y yo pegado a su trasero. Posiblemente segundos, que se me hicieron eternos, hasta que llegó la ayuda y yo me fui con el pelo.

En definitiva, el total desconocimiento del entorno en que te integras, mezclado con ese efluvio que desprenden todas las fiestas,  te pueden costar la vida y aunque recuerdo aquellos días con satisfacción y, por qué no, cierto orgullo, me podía haber perdido mucho, más bien todo, y no estar relatando esto en este preciso momento.

Me ha llamado la atención la suelta de patos en Sagunto, sin patos vivos en sus cucañas marítimas, siendo en este caso las codiciadas piezas patitos de plástico y de igual manera los encierros para niños que se van multiplicando en nuestra geografía con toros de cartón.

Tal vez, como están haciendo algunos ayuntamientos y a la vista de la estadística que apunta diez muertos de media anual y mil heridos por asta y contusiones, habría que suspender o modificar este tipo de fiestas. No digo que los muchos ediles que se han subido hasta un treinta por ciento el sueldo se pongan unos cuernos de goma y hagan las veces de Victorinos, pero hablando en serio,  no creo que la tradición merezca una sola vida y a lo largo de la historia ya se viene cobrando un número a tener en cuenta. Rendir tan alto tributo no creo que valga la pena.

Federico Soubrier García

Sociólogo y Escritor

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