TERETES.
Sensacionalismo.
[Paco Velasco]

Paco Velasco(Texto: Paco Velasco) No dejes que la realidad te amargue un titular. La frase, por recurrente, no deja de tener miga. Entre lo sensacional y lo sensacionalista media un precipicio. Lo sensacional llama poderosamente nuestra atención desde el parámetro de una realización verídica calificada como singular, admirable o inédita. Por el contrario, lo sensacionalista se incardina en la producción de noticias o de sucesos, por más que inverosímiles o morbosos o lascivos o simplemente falsos, a fin de provocar en el lector o en el espectador fuertes emociones o impresiones turbadoras.

Los medios de comunicación tienen todo un libro de estilo donde se ataca las prácticas sensacionalistas aunque, ay, algunos de sus redactores se suben al dragón festivo de los asuntos más chocantes e intrascendentes excusando el uso de esta forma periodística en una referencia de actualidad tangencial al discurso que prende en la audiencia. Una desgracia en forma de crimen, una catástrofe natural, un escándalo político constituyen ejemplos de manipulación torticera, de tuerto, propios de la llamada prensa amarilla. Lo importante no es el suceso sino el relamerse en sus aspectos negativos, el exagerarlo hasta la náusea, el magnificarlo con el fin malévolo de alcanzar los más recónditos perfiles de un personaje o de un colectivo, dentro de un contexto de imágenes truculentas que excitan la malsana curiosidad de millones de ciudadanos.

Que es preciso enturbiar las fuentes de información, adelante. Lo que sea con tal de trivializar la vida económica o social, de enfangar a todos los políticos por el mero hecho de adscribirse a un partido, de remarcar el morbo siempre ávido de aventuras descabelladas o de incentivar la violencia. De esta manera, la comunicación es devorada por el afán recaudatorio y se somete a los dictados del share. Nada importa si los índices mejoran a los de la competencia y todo vale cuando la capacidad de sugestión de las personas se hace permeable a cuanto les venga encima.

En el contexto que escribo, tengo presente cómo el amarillismo se adueña de la prensa política. Cadenas privadas de televisión y de radio elevan el listón de la subversión intelectual cuando enredan a los tertulianos del programa de turno en una espiral de opiniones perversas que sostienen con una pata coja la plataforma de noticias capaces de formar e informar. Cadenas privadas y, por supuesto, públicas que ejercen la facultad de malversar el dinero del contribuyente en la vómito de noticias que rinden culto al “maharajá” vencedor de las últimas elecciones.

Escucho con frecuencia a supuestos arúspices del periodismo serio, que emisiones televisivas que siguen el modelo “sálvame” deben ser erradicados del escenario de la democracia. Pero cómo, me cuestiono. Basta con atender las peroratas huérfanas de fundamentos de algunos editorialistas y los argumentos huecos de los otrora llamados columnistas de postín, para defender a Jorge Javier Vázquez y los suyos. Sus contenidos no engañan a nadie. Es más: entretienen y consuelan diariamente a millones de españoles de la condición más variopinta. En cambio, los sesudos analistas de si el cascabel de no sé qué, o si las grandes firmas del rojo vivo del tizón o del más vale tarde, o las homilías  chabacanas del ciertos popes del cuatro, del cinco o del seis, no dudan en  besar el felpudo de las productoras con tal de ir aumentando su cuenta de ingresos.

En suma, la realidad estropea el titular porque la verdad es pisoteada por el extremismo, porque los valores se subordinan a los enfoques transgresores, porque el análisis es enterrado bajo capas de narración superchera y porque se defiende una educación lineal, horizontal, que impida asomarse siquiera al corral de la manipulación.

Isabel Pantoja alimenta a numerosos profesionales del amarillismo. Pero estos son tan dignos, dentro de la peculiaridad de su trabajo, como los comentaristas que se ceban en la indignidad personal del político tal o en la corrupción institucionalizada del partido cual. Y ello, porque son conscientes de que ofrecen una interesada y sesgada opinión de unos sujetos y de unos sucesos. Pueden llevar corbata o regalarnos la indumentaria más pijoprogre. Es lo mismo. Emplean la superficialidad para engañar con idéntico énfasis y muestran su facción histriónica hasta conseguir el mismo efecto narcótico.

La proximidad de las elecciones acrecienta la lluvia ácida del amarillismo sensacionalista. Qué le vamos a hacer.

 

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