VENTANA DEL AIRE.
Docentemente.
[Juan Andivia]

juan andiviaUn amigo me ha enviado estas líneas que transcribo:

“Desde hace unos veinticinco años me dedico a la enseñanza: saqué mi carrera y mis oposiciones, tuve que separarme de mi familia durante siete años, por diversos traslados; me acerqué a mi localidad, aunque no lo suficiente y, durante otros cinco, iba y venía al instituto en coche. Tuve dos accidentes, porque no siempre las carreteras están tranquilas y no todos los conductores prefieren cuidar de sí mismos y de los demás. Finalmente, llegué a mi destino actual, un centro de barrio, con alumnado de diferentes niveles socio-económicos y culturales.

Durante los meses en que he estado reponiéndome de gritos de madres, gritos de niños y niñas, faltas de respeto, reuniones de tutores, de equipos docentes, departamentos, evaluaciones, claustros, consejos escolares, equipo técnico, reclamaciones, lectura de la normativa nueva, lectura de la normativa posterior que derogaba a la anterior, correcciones, consultas, planificación posible y comienzo desde el principio, he tenido que oír que los maestros no trabajamos nada, que tenemos muchas vacaciones, que lo ganamos bien, que tenemos un trabajo seguro y no sé cuantas opiniones más; y ninguna positiva. Y ahora, sin haberme recuperado de estas palabras de una sociedad que nos machaca, que no comprende que un buen hijo no podrá nunca fiarse de quien sus padres denigran, de unos gobernantes que no dicen que ganamos menos que hace seis o siete años, que nos usan como epígrafe de programa electoral y de una administración que nos confunde, mientras nos exige, ahora me dispongo a comenzar un nuevo curso.

El primero de septiembre ya estuve corrigiendo y he tenido la mayoría de las reuniones que enumeraba; después, me he dedicado a preparar mis clases, el programa de acogida, la conciliación con mi familia y me he inscrito en dos cursos de perfeccionamiento, uno para usar las pizarras digitales y otro de interculturalidad.

Los bancarios, que ganan más que yo y salen a las tres, me siguen diciendo que tengo mucha suerte; y también el fontanero, que no acabó la secundaria. Los empresarios no, ellos sencillamente nos ignoran.

Y te pregunto, amigo Juan, ¿de dónde saco yo las fuerzas para hacer las cosas como deseo hacerlas?”

La carta continuaba un poco más y acababa con este chiste ya conocido de Forges:

-¿Profesión?

-Animadora, educadora, actriz, maestra, psicóloga, guía turística, acompañante, traductora, ponente, lingüista, psiquiatra, diseñadora, formadora, escritora, dibujante, gesticuladora y paseante.

-Todo eso no cabe.

-Pues ponga, “profe español”, que es lo mismo.

Mi respuesta ha sido que no presumiera tanto de lo que iba a hacer, porque todo lo hará bien.

Y me ha escrito: “Es cierto, Juan, cada vez me gusta más esta profesión”.

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