LABERINTO SOCIAL.
En un pueblo o en la ciudad
[Federico Soubrier]

federico soubrierLas ratas en el momento que perciben que existe un conato de superpoblación sencillamente comienzan a matarse unas a otras. Simplemente es una respuesta de supervivencia.

La elección del lugar donde vivir no es cuestión baladí, ya que marcará un estilo de vida determinado sin lugar a duda por la  zona y,  evidentemente, por las características de su población.

Nuestra sociedad no deja de ser curiosa. Si el grupo residente, pongamos, se mantiene entre cuatro o diez personas, a nadie se le ocurre robar al otro porque lo material es un bien común que redunda en beneficio de todos; pero sobrepase usted el colectivo al nivel de mil personas y, entonces “cree el ladrón que todos son de su condición”,  ya a nadie le preocupa la subsistencia de su convecino.

Es totalmente primordial el número de individuos que conforman una sociedad para determinar su comportamiento. Si usted vive en Madrid en un edificio de veinte pisos, probablemente no tendrá relación ni siquiera con el vecino de enfrente. En esa ciudad, como en cualquier capital de provincia, se cruzará con millares de personas pero difícilmente saludará a nadie, salvo que tenga una interacción muy repetitiva, tal como pueda ser comprarle el periódico o el pan en el día a día. En cambio, si usted pasea por una playa o por un campo que se encuentra deshabitado, indudablemente saludará a cuantos se crucen en su camino.

Imagínese no entablar conversación en un desierto con los componentes de una caravana de camellos que lleva sentido contrario e intercambiar con ellos sus conocimientos, víveres u opiniones. Sería impensable.

Cada modo de vida tiene su parte positiva y, por supuesto, otra negativa. Vivir en la ciudad es, digamos, tener que depender mucho más del devenir comunitario, a pesar de la inevitable falta de comunicación rescindida a un mínimo saludo. Tienes que convivir con problemas comunes, tráfico, aparcamiento, ruidos y veinte mil cuestiones más, pero no debemos olvidar que las ofertas en algunos sentidos, tales como pudieran ser el cultural o el deportivo, siempre serán mucho más amplias que en una zona rural.

Vivo en Mazagón, una localidad un tanto genuina, gobernada por dos ayuntamientos al unísono, cuyas prioridades residen en acaparar los opíparos ingresos que sus habitantes les reportamos, tanto los poco más de cuatro mil residentes empadronados, como sobre todo, los dueños de las casi diez mil viviendas utilizadas exclusivamente en verano, aplicando la singular mancomunidad una política muy sui géneris de pecados y virtudes “vox populi”, algo casi familiar, sencillamente asumida con resignación por los ciudadanos, sin más.

Aquí, como en cualquier pueblo, lo que se pierde es la intimidad a la vez que se realza la amistad, la envidia o el cariño, todas a discreción, pero eso sí, nadie permanece impasible, siendo ésta la cuota que debes abonar por residir en un paraíso de pinos, arena y mar. No obstante, siempre te sientes de alguna manera arropado, a la vez que integrado a un ámbito primordialmente solidario y sobre todo natural, algo así como en un camping venido a más.

El trabajar en la capital y volver a casa viene a ser como huir de la vorágine diaria para respirar, meditar y volver a meterte en ella a la siguiente mañana, siempre a sabiendas de que más tarde tendrás una línea de salida para escapar y reencotrar un poco de paz.

Habiendo nacido en el foro y comprobado que allí la individualidad campa a sus anchas, sencillamente porque es lo normal, se me hacía casi más duro el ritmo de la ciudad, contagioso hasta para el turista que en principio no tiene ninguna prisa pero termina corriendo para no perder un metro, cuando el siguiente que pasa a los diez minutos le daría igual. Vivamos donde vivamos, como no nos queda más remedio, nos tendremos que aclimatar tanto a la zona como a su tejido social.

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