VENTANA DEL AIRE.
Lo excepcional.
[Juan Andivia]

juan andivia(Texto: Juan Andivia) Ya sabemos leer. En poco más de un siglo, hemos pasado de un índice de analfabetismo escandaloso a casi su total desaparición. No sé si quedará algún adulto que no conozca la mecánica de la lecto-escritura, aunque la comprensión y, sobre todo, el uso dejen todavía mucho que desear. Sin embargo, el grado de culturización de este país no ha ido a la par de su progreso económico y social aunque, ahora, no disponga de los datos.

Hace años pasé las Navidades en un pueblito de menos de cuatro mil habitantes, que acababa de estrenar su Teatro municipal y su Concierto navideño, Marcha Radetsky incluida. La gente había acudido hasta completar el aforo: Las señoras se habían puesto de gala, como un día 25 que era y habían llevado con ellas a sus zagalillos, poco acostumbrados a los silencios. Asimismo, los papás no habían querido que sus mayores se perdieran el evento y, así, con un público de tres a noventa años, comenzó la función. Un concejal hizo de anfitrión, presentador, acomodador y portero; y la entrada fue gratuita.

Los profesores y profesoras de la extinta Unión Soviética que componían la orquesta de cámara esperaron una y otra vez a aquel joven que se levantaba, a la abuelita que se cambiaba de sitio y a la familia entera que entraba hasta treinta minutos tarde, mientras se ejecutaba a Sviridov. Además de estas cosillas, únicamente la impertinencia de los celulares superó la música y el interés de todos.

Sí, ya sabemos leer. Ahora es necesario aprender que no se puede profanar lo que nuestros demás veneran, ya sea una mezquita, Brahms o el magnífico Bordeaux del cuñado con la gaseosa de todos los días. Hay muchas facetas del conocimiento humano que están en decadencia, no la telefonía móvil ni la arrogancia estúpida de los ignorantes, pero sí los modales, el buen gusto, el comedimiento ante lo desconocido, la humildad de no entender ni opinar de todo y el sentido común.

De todas maneras, como un principio, me parece muy bien emplear los recursos públicos para que en esa localidad y en tantas otras el concierto de Navidad, el órgano, la escolanía, la banda o las orquestas no sean algo nuevo y, mucho menos, excepcional. Y, sobre todo, insistir en que hay otras sensibilidades, gente que lee y que vitorea un gol, músicas de cámara y de rock, patatas fritas y ostras, amores que no se comprenden y que son pura verdad, seres tan humanos como cualquiera, pero diferentes y, casi siempre, respetables.

 

 

 

 

 

 

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