VENTANA DEL AIRE.
Eclipse parcial de poesía.
[Juan Andivia]

juan andivia(Texto: Juan Andivia) “Eclipse parcial de poesía” se titulaba un artículo muy extenso que publiqué hace años. Y contaba que con al-Mutamid fue nuestro sur el paraíso de los poetas: En la dinastía fundada por Abu-l-Qasim, ya se había compuesto la primera de las antologías arabigoandaluzas que han llegado a nosotros, titulada “Al Badi fi wasf al-rabi” (Libro peregrino que trata de la descripción de la primavera), existía una casa que equivaldría a lo que hoy se ha dado en llamar “Academia”, eran recibidos por el soberano un día por semana, recitaban sus composiciones en una cátedra o tribuna y el monarca los valoraba, e incluso los hacía subir o descender, según “sus méritos”, en una especie de escalafón.

Hasta el siglo XIX, la literatura siguió moviéndose cerca de la corte y, aunque no existía una corporación de escritores subvencionados, como en los tiempos del rey poeta, las prebendas, los oficios o el mecenazgo favorecían su labor. El Romanticismo trajo nuevas costumbres y, en ocasiones, ir contra corriente, criticar al poder, usar la pluma como aguijón, eran formas de consolidarse artísticamente. En definitiva, los intelectuales tenían su sitio en la sociedad, aunque su subsistencia fuera una cuestión bien distinta.

Este papel de portavoz de la conciencia ciudadana, la nueva misión de crítico y delator, de representante de una determinada actitud ética o estética ha durado, con excepciones, hasta el último cuarto del siglo veinte. Decir que alguien era poeta, en los años setenta, era -todavía- aludir a su fecunda interiorización, o a su progresía, era respetar su habilidad para expresar emociones, reivindicaciones y deseos. Y había quienes encontraban en sus versos el eco de sus gargantas reprimidas y quienes, porque eran verdaderamente libres o porque no tenían nada de qué quejarse, rememoraban la antigua voz de los jardines del Generalife, la misteriosa resonancia de los conventos castellanos o el recuerdo de un amor no correspondido.

No obstante, en la siguiente década, etapa de transición política, en muchos sectores de este país se volvió la espalda a quienes utilizaban la escritura para comunicar vivencias y se produjo ese eclipse parcial de la poesía.

Junto a la pobre e infundada afirmación de que una imagen valía más que mil palabras, se esgrimió que el poeta lírico hablaba únicamente de su yo, como si ese yo del poeta fuera diferente al del propio lector, como si el amor cantado por Quevedo, o por Salinas o por Rafael de León fuera de otro planeta, como si Shakespeare no fuera también Otelo, Desdémona y Yago, seres humanos, al fin, hasta los huesos.

Como en esas películas de ciencia-ficción, estamos tiempo para cambiar el curso de los acontecimientos, porque el hombre no ha dejado de buscar en aficiones colectivas, engaños televisivos y juegos varios esa fuerza precisa para sobrevivir. De hecho, una oleada activa de jóvenes, espoleados por el acceso a internet y a una comunicación global está surgiendo en todos los rincones, que es como decir -hoy- accesibles para cualquiera.

Quizá la poesía no sirva para erradicar definitivamente la tristeza, ni los males que asolan nuestra sociedad, quizá no haya nunca más otro al-Mutamid en ningún sitio, pero reconocer que la vida interior es necesaria y que la capacidad para soñar nos transporta a otra dimensión más humana es, probablemente, el primer paso para creer que se acabaron los eclipses y que la poesía y la imaginación y el pensamiento podrán ser valorados como siempre merecieron, como la única posibilidad de conseguir lo que en la vida diaria, en la certeza tangible y personal no puede alcanzarse.

 

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