VENTANA DEL AIRE.
Badulaques.
[Juan Andivia]

juan andivia(Texto: Juan Andivia) No voy a ser claro; no es necesario, pero me reafirmo en la vieja idea de que las personas mediocres son siempre las más peligrosas. Te encuentras con un necio o un majadero confesos (aquí el masculino sí incluye el femenino) y, una vez identificados, te puedes olvidar de ellos porque sabes que nunca te van a sorprender. Si el individuo en cuestión es genial, tampoco causará mayores problemas, ya que se presupone que la inteligencia guiará, nos guste o no, sus actos.

La perversión, y por tanto el conflicto, aparecen cuando el prójimo corriente y moliente, del que se espera el sentido común propio de la adultez, irrumpe en tu vida o en tu conversación: No hay salida, ni colores, ni matices, ni ponderaciones servirán para lo que han sido creados, sino para la confusión y el disloque y, probablemente, para complicar un sencillo acto de comunicación o una relación que no pasaría de ser trivial.

La llamada comedia de enredo se alimenta de esto, de una mezcla nociva de personajes que logran el disparate, apoyados en el espectador omnisciente y en la semejanza, a veces peligrosa y excesiva, con individuos del entorno o con el propio estereotipo. De ahí que se utilice sobre todo en épocas de crisis, de atontamiento doctrinal o de evasión.

Y en esta analogía especular cabría preguntarse si la mayoría de los conflictos nimios no los crean los mediocres, los tarados inconfesables que mueven ladinamente sus sillitas de despacho cada vez que pueden molestar a alguien. Y es que se sienten importantes. El juicio más acertado y menos técnico es que son pero que muy pequeños, aunque su mal, la mediocridad, el “Usted no sabe con quien está hablando” –que aún existe-, “Esto lo arreglaba yo en dos días” o “solo nosotros tenemos la solución” únicamente los lleva al embrollo o a la televisión, en caso de que fuesen realidades distintas.

Quizá sea esta una de las razones por lo que las noticias rosas y necrófagas tienen tanto interés, ya que en su regocijo no coinciden únicamente los iletrados, sino esa especie terrible de los analfabetos en personalidad, badulaques que, para colmo, ostentan un cargo público o una representatividad política.

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