Laberinto social.
La amarga estela del Rocío.
[Federico Soubrier]

federico soubrierPuedo entender a la perfección el fervor Rociero, comprendo que el esperado evento concentra cada año un cúmulo de devociones y expectativas que colman con creces los anhelos de un indefinido número de personas, esas que sienten hasta la médula cada proceder, cada acto de este emotivo encuentro.

Sé que para el que escribe sería conveniente mantenerse al margen de ciertos temas, dado que de salida ni siquiera se van a analizar sus argumentos, pero hay cosas que me crispan y consideraría una cobardía el conservarlas en silencio.

Hace muchos años me contaban que los pilotos militares que volaban desde la base madrileña de Cuatro Vientos a Canarias bromeaban con que si les fallaban los sistemas de orientación, al menos hasta entrar en mar abierta, no había más que mirar a tierra y seguir el reguero de aceite que sus aviones dejaban sobre el suelo, como si se tratase de conducir sobre las vías de una red ferroviaria, inalterablemente, al final se encontraría el destino.

Puede parecer que he cambiado de tema pero dos días y dos noches después, tras realizar un par de veces el recorrido Huelva-Mazagón en ambos sentidos, aseguro que si un grupo de alemanes me hubiese preguntado en el Muelle de Mineral ¿dónde queda el Rocío? Les hubiese dicho: sigan ustedes el reguero de botellas, vasos de plástico y latas, no tiene pérdida.

Me consta que los rocieros reales sienten verdadero respeto por la naturaleza, aquella en la que integran su devoción, su liturgia y su festejo. Pero no me parece de recibo el que se pueda consentir este acto de vandalismo que se extiende por centenares de kilómetros en los arcenes de carreteras y caminos.

En mi primer viaje pensé: “bueno, al menos los que han dejado la basura en bolsas cada cincuenta o cien metros tienen menos delito”. No sé si lo cometerán ellos o los responsables en recogerlas, pero a día de hoy las bolsas están destrozadas por las urracas y quién sabe qué alimañas.

Quiero dejar claro que no hablo de minucias, sino de una cantidad considerable de basura, de cientos de vasos, papeles y embases de vidrio que pueden provocar incendios, dispersos, lanzados a mala leche o desde el más pobre de los desconocimientos.

Lo que sí puedo decir es que muchos botellines ruedan por el asfalto impulsados por vientos, con el consiguiente peligro de que el cristal reviente algún neumático, y que se nos han cruzado perros que deambulaban escudriñando las bolsas en busca de alimento. Quiero recordar que tras la cabalgata de los Reyes Magos avanzan los operarios barriendo.

Entiendo que en una concentración de más de un millón de personas las habrá de todo tipo, pero obviamente alguien tendrá que dar una solución a semejante desatino.

Federico Soubrier García

Sociólogo y Escritor