VENTANA DEL AIRE.
Chanclas.
[Juan Andivia]

juan andiviaA propósito de cómo visten algunos jóvenes de hoy, he llegado a la conclusión de que una o varias generaciones se han debido de perder en esto de la evolución humana. Porque si bien es fácil echarle la culpa al acceso de casi todas las economías a los bienes de consumo, que antes eran patrimonio de unos pocos, esta no debe ser la razón única.

Recuerdo mis comienzos docentes en un pueblo agrícola, donde los mayores llamaban con respeto a todo el mundo y, especialmente, a quienes se iban a encargar de formar a sus hijos. Los maestros y los profesores de entonces tenían la autoridad que se derivaba de su acceso al bien preciado del conocimiento: Usted que tiene estudios, usted que tiene una carrera, se oía decir.

Pero algo hemos tenido que hacer todos mal cuando, paulatinamente, se ha pasado del usted al tú y del saludo incondicional al por qué le pones esa nota a mi niña.

No me refiero en exclusiva a la escuela, aunque la idea haya partido de la intención de formalizar la vestimenta de los adolescentes de un centro público (obvio), sino de cualquiera de los muchos lugares que frecuentamos y que, por lo menos a mí, me hacen sentirme como de otro planeta.

Vaya usted al restaurante de un hotel (especialmente), a un centro comercial o pasee por una ciudad no necesariamente con playa y verá camisetas sin mangas, trajes de baño de hombre y otras prendas mínimas y chanclas, sobre todo, chanclas. En Madrid, en Sevilla, en Cuenca y en Huelva; y no solo en sus playas.

Las chanclas fuera de lugar son para mí la demostración de que todos somos iguales hasta que nos tamizamos con la cultura y los gustos.

También está el sombrero, la gorrilla del campo y la gorra del snob, palabra ya en desuso:

He visto cabezas masculinas cubiertas en un teatro, en la iglesia, en una conferencia y, por supuesto, en un restaurante; y no porque fueran un aditamento esencial, sino porque la tontería o la ignorancia de los demás, habían prevalecido a las normas mínimas –esto sí, desconocidas- de un lugar común.

Reconozco que parezco lo que quienes me conocen saben que no soy, pero en esto no he dejado de ser aquel niño de la calle Miguel Redondo que iba muy limpio y que ya, desde entonces, tenía sus propias ideas. Además, esto es un artículo de opinión, qué caramba.

 

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