TERETES.
Palabra de pez.
[Paco Velasco]

Paco VelascoDicen que el pez muere por la boca y que la palabra mata al humano. Dicen y digo que sí. Aquello de ser dueño de los silencios y esclavo de las declaraciones, va a misa solemne. Ya lo advirtió el fabulista en su leyenda de los ánades y la tortuga. El parloteo desmesurado es la réplica malévola de la prudencia de las pocas y justas palabras.

Carmena, la podemita marchosa, y Villacís, la política de Ciudadanos, han incurrido en el corolario, en la moraleja si quieren, de la antigua leyenda. Tanto predicar la igualdad y cuánto reclamar la transparencia y, hala, las dos damas  han sido víctimas de su verbo, ínsito en su desproporcionada soberbia y en su sospechada demagogia. La primera, por pedir, y acaso obtener, entradas para su nieto en el estadio donde Madrid y Atlético se jugaban algo más que una copa de campeones de Europa. La segunda, por vanagloriarse de su madrileñismo a través de un tuit chivato.

Pero vamos a ver, Carmena y Villacís, ¿acaso sois socias agraciadas de alguno de los dos equipos? ¿Es que habéis entrado en el sorteo o designación de las entradas puestas a la venta? ¿O es que os habéis beneficiado de vuestra condición de regidoras y representantes de no sé qué leches?

Carmena y Villacís, en este orden, han dado un ejemplo de la perversidad del género humano que dice querer salvar a la ciudadanía y, en realidad, se aprovecha de los privilegios del poder efímero para subvertir los valores más elementales de una sociedad igualitaria y justa. Me lo expliquen. De no valerse de su sillón de alcaldesa o de su escaño municipal, de cuándo y de qué estas dos señoras iban a obtener una entrada para ver el partido europeo del año futbolístico. La vanidad se torna engreimiento a poco que acrezca la necesidad de ser contemplados por la masa popular. La tortuga se pegó el jardazo porque su arrogancia superó la frontera de prudencia recomendada por los patos salvajes.

Vanidad viene de vano y vano es lo hueco, lo inconsistente, lo falto de sustancia, lo inútil e incluso lo irracional. La riqueza, la fama y el orgullo mundano engendran imágenes de la falsedad de quienes se mutilan los ojos para no ver su propia realidad personal. La locura es el paso siguiente al envanecimiento sin freno. A principios del siglo XIX, el genial Ingres perpetuó, como pocos, el estado de delirio de Napoleón, de ese Bonaparte sedente en trono imperial, revestido de los atributos cesaropapistas de quien nunca se satisfizo bastante con la aclamación popular. Delirio de locura que hace del héroe un villano y del salvador un anticristo.

La corrupción de cuerpo y alma no se materializa exclusivamente en los golfos, y golfas, que se llevan el dinero a espuertas o que convierten a las instituciones democráticas en cuevas legalizadas de alibabá. No. La corrupción se percibe en las pequeñas cosas que emergen del poder arbitrario de los políticos sucios. Así, un par de entradas escamoteadas a la afición, un viaje en bussines pagado por el erario público, una obra en casa propia realizada por contratista ajeno y una interminable ristra de ajo (derse) y agua (ntarse).

Carmena y Villacís han pactado con los poderes demoníacos que acechan a los polítiquillos que presumen de democráticos y creen mostrar el lado divino de un rostro afeado por la oquedad de sus ojos maliciosos y por el rictus horroroso de una boca sujeta a los vendavales de la envidia de no poder ser más de lo que pretenden ser. Ambas han muerto por la boca. Como los peces. Hoy, por el precio de una entrada. Mañana, por algo más. Y así sucesivamente.

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