VENTANA DEL AIRE.
Papel de fumar.
[Juan Andivia]

juan andiviaCaso 1: Un adolescente agrede un día con su moto y con las manos a una compañera de instituto. Están en la puerta del centro. Un señor recrimina ese comportamiento y el sujeto le increpa y le amenaza sin que le importen la edad, la razón y el respeto de su interlocutor. Alguien intercede, le manotean y, en uno de esos lances que se dan en las situaciones vehementes, el agresor sufre un accidente y se rompe la nariz. Al cabo de cuatro meses, presenta una denuncia por lesiones y el correspondiente certificado médico contra el intercesor, que es llamado y retenido por la policía.

Caso 2: Un padre pide en las cartas al director de un periódico que multen a su hija adolescente porque se niega a llevar el casco en la moto; además,  amenaza con ir contra los responsables de tráfico y el ayuntamiento si le pasara algo. Por lo visto, era imposible que le hiciese caso y estaba dispuesto a cualquier cosa, aun ridícula, para protegerla.

Caso 3: En una bronca monumental, el ciudadano detiene su coche e interviene; tiene dotes para convencer a los contendientes y los aplaca, mientras que aparece casualmente un coche de la policía local. En ese momento, y tras explicarles lo sucedido, el policía multa al vehículo mal aparcado y desoye las razones del estacionamiento.

En el caso primero, una vez más, las leyes son usadas por quienes sistemáticamente las incumplen y los ejemplos de colaboración ciudadana quedan ahogados por unas garantías ciegas y una falta de sensatez a la hora de aplicar la normativa. Quien presenció el incidente dudará, a partir de entonces, entre intervenir y arriesgarse a terminar denunciado, o agredido como aquel profesor Neira, que se tomó en serio lo de la violencia machista.

El padre sin recursos es por desgracia un caso frecuente que deriva de la importancia que tienen los amigos y la tribu. La familia ya no es como antes, porque no somos como antes, pero en este salto supuestamente evolutivo se nos ha escapado que el respeto a los progenitores es fundamental. Quienes se han preocupado de hacernos crecer y de cuidarnos bien merecen una consideración especial y no la presunción de culpabilidad que se les supone al legislar, como lo está haciendo Francia en estos momentos, sobre si un cachete es o no violencia doméstica. Y a instancias de la Carta Europea de los Derechos Sociales, precisamente.

En España, el artículo 153 del Código Penal pretende “proteger a las personas físicamente más débiles frente a las agresiones de los miembros más fuertes de la familia”, pero parece dar por hecho que esa superioridad es siempre por parte del adulto, especialmente si ese menor de edad no lo es también en maldad, como ocurre tantas veces.

Sé que existe el llamado espíritu de las leyes y que ese artículo no tenía esa intención, pero los delincuentes de cualquier edad siempre salen ganando ante quienes ni han pensado nunca en ni cómo delinquir.

El tercer caso es el de la estupidez o el de la avidez recaudadora o ambos en perfecta armonía, que se pone de manifiesto especialmente en las ciudades cuyos estadios de fútbol están en el casco urbano: En esos días no importa superar las aceras, las triples filas de estacionamiento y el caos circulatorio, porque mandan intereses mayores (se supone), pero dónde queda entonces la coherencia.

Es muy probable que cuando seamos menos mojigatos con las palabras y más escrupulosos con los valores y se acepte que la autoridad no es un término anatematizado, sino necesario, que vincula cualquier estructura orgánica, familiar o profesional, entendamos bien una educación (sin collejas), unas leyes para organizar y proteger y una sociedad con la única y excelsa finalidad de ser justa.

Puede que las interpretaciones lo sean todo, pero después del sentido común.

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