VENTANA DEL AIRE.
Otra forma de ver la luna.
[Juan Andivia]

juan andiviaA la luna la estropearon los malos poetas, tanto verso pobre sobre su color y su luz, tanta cursilería hicieron que el satélite fuera reconocido como el lugar al que los versificadores del tres al cuarto estaban siempre mirando. Ella no tenía la culpa; estaba en los libros de ciencias, en las cavilaciones astronómicas, en los calendarios, en las cosechas y, también, en las manidas palabras de los enamorados.

La narrativa la había considerado de otra manera; en el diecinueve se mencionaba a los lunáticos y los licántropos y se la culpaba de su influencia maligna en crímenes y asesinatos; y ya en el siglo veinte, con la aparición del cinematógrafo, servía tanto para el beso de un brando o una gadner como para el escenario de un festín vampírico.

Más tarde llegó la ambición de su conquista física y se popularizaron sus numerosos cráteres y lagos, como un acné; y la pisaron y le instalaron aparatos de medición. Y hoy, por encima de las apreciaciones anteriores, reconozco que innecesarias, se le admira y se le está haciendo justicia.

Cuando los urbanitas descubrimos el cielo, especialmente en los veranos, los atardeceres convierten las puestas de sol en un espectáculo sencillo e intenso, que se sucede previsible y distinto; buscado y sorprendente. Y mientras los chiringuitos obtienen su provecho, a mí se me antoja creer que lo que celebramos no puede ser el final del día, sino la salida de la luna; al fin y al cabo, el sol rechoncho como una galleta termina por exprimirse en el horizonte y ella sale esplendorosa y confidente.

Pero la sorpresa ya no está en esta sucesión esperada, sino en que cuando hemos visto los juegos de Río, la misma luna que tenemos a nuestro alcance es la que preside la playa de Copacabana: y, a pesar de eso, hay quienes en su afán de diferenciarnos creen que existimos hombres y mujeres, negros y blancos, musulmanes y cristianos separados, antagónicos, irreconciliables, todavía.

Vean en YouTube el vídeo que empieza en una joven tendida en la yerba y se va alejando el objetivo hasta recordarnos lo minúsculos que somos y después se adentra para que nos maravillemos, se titula “Escalas del universo y del ser humano” y, díganme después si no somos iguales en nuestra pequeñez y si no es esa misma luna, la misma despedida del sol, ese mismo ocaso, esa misma fragilidad, esa macromicroinfinitud, la que nos une o debería unirnos.

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