TERETES.
A punt.
[Paco Velasco]

Paco VelascoLos buenistas de la política son formidables. Los muy ignorantes creen que las cosas se arreglan a golpe de palabras vacías. Lo creen o quieren que nos creamos que la estupidez es cosa de los demás. De esta manera, entre la clase política ha aumentado hasta la náusea el número de no demócratas, de  fascistas que se han desprendido de la corbata negra, de totalitarios de izquierdas o de derechas que lanzan, urbi et orbi, mamarrachadas de pacifismo de pitiminí y de perversos, de malintencionados y de añorantes de la Dictadura cuya vuelta ansían.

El problema regionalista de Cataluña es más viejo que los paños de cocina. Los majaderos que atribuyen al PP el recrudecimiento de la rabia independentista, no tienen  más mala leche porque están en fase de instrucción. El virus secesionista catalán se recrudece entre los más faltos de defensa intelectual y entre los más sobrados de memez.

La nuestra es una Constitución avanzada en derechos y libertades.
La nuestra es, además, una Constitución flexible, ambigua incluso, interpretable en algunos conceptos, diáfana y rotunda en otros. Tan lúcida es nuestra Carta magna que, conociendo el percal de los maletillas que regentarían la Generalitat y el Parlament, adelantaba en 1978: “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. Nada refiere del pueblo de Andalucía ni de Cataluña ni de Canarias. El pueblo español.

Los padres de la Constitución eran conocedores de la tortuosa historia de la España de los siglos XIX y XX y, desde esta sabiduría, quisieron dejar muy claro que esta Ley Suprema “se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Sin por ello omitir ni silenciar ni ocultar que “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

El Parlamento español, y el pueblo soberano, apoyaron con una mayoría abrumadora el texto constitucional. Todos conocían, entonces, como se recuerda hoy, las aspiraciones independentistas de algunos ciudadanos. Aspiraciones absolutamente legítimas cuya legalidad sólo será posible en el marco de la Constitución. En su defecto, ni legalidad ni legitimidad, porque la violencia, el terrorismo, la política de hechos consumados, la vía de hecho, el solapamiento de unas leyes de menor rango en otras de más categoría jurídica, la perversión del derecho, etc., son atajos ilícitos, antijurídicos y anticonstitucionales. De estos atajos y de estas aspiraciones éramos conscientes muchos españoles y más todavía los redactores de esta Biblia laica que es una Constitución.

Una Constitución. La vigente u otra, pero una Constitución. En esta consciencia jurídica e histórica, Solé Tura, Gabriel Cisneros, Peces Barbas, por citar a tres de los siete ponentes, no dudaron en redactar un párrafo advertidor en el marco de un artículo muy interior, el 155. ¿Qué dice este artículo? Lo siguiente: “Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general”.

Pues eso. A punto. Los fachas reaccionarios catalanistas que se ciscan en la Constitución, están “a punt” de proclamar su referéndum unilateral de independencia. Las instituciones democrática del Estado español deben tener a punto la maquinaria legal que evite que estos “sans culottes” de vía estrecha nos metan a todos los ciudadanos en la Bastilla de su intolerancia.

El fantasma del artículo 155 toma posiciones. Atención a los duendes. No se les ve, pero enredan, lían, confunden, traicionan, atentan. Atención. Que más vale una roja hoy que las cien amarillas padecidas hasta ayer y las decenas de miles negras que se avizoran. Por eso, a punt, sí, pero a punto, también. Sin necesidad de tanques ni de guerra. Con la ley en la mano.

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