TERETES.
Don Pablo Iglesias.
[Paco Velasco]

Paco VelascoEl diccionario de la Real Academia define la farsa, en su acepción despectiva, como una obra dramática, desarreglada, chabacana y grotesca. Por derivación, farsante es quien, en el marco de esa definición, finge lo que no es o lo que no siente.

La política en la España del fenómeno neoindependentista de inicios del siglo XXI se ha convertido en una farsa cuyos intérpretes se han formado en la nunca extinta escuela paleodecimonónica que desvirgó la unidad de España a base de violar sistemáticamente las libertades y los derechos sociales y económicos de los españoles. De aquellos maestros del disparate retórico, estos discípulos del papanatismo charlatán y fraseológico.

Don Pablo Iglesias, líder discutido de Podemos, se ha convertido en el representante más conspicuo del movimiento mareante de la verborrea insustancial plena de engolamiento y ampulosidad. A su discurso huero y afectado acompaña el ilustrísimo prócer el vestuario idóneo para que Lerroux, a su lado, descienda a niveles de parvulito en la carrera a ninguna parte de la demagogia más incendiaria.

Don Pablo se alimenta de la crisis moral, allende la económica, que ahoga a las naciones ricas de Occidente. El crack de 1929 fue un juego de niños si se compara con el big bang de la última década. Los movimientos populistas de entonces apenas llegan al calcetín a los maremotos emergentes de hoy. Del Estado benefactor de Rooseveltt al estado de bienestar del último cuarto de la pasada centuria, el mismo elemento común: la crisis sustrato de revolucionarios del cuartito de hora cual entremés sin la gracia de los Álvarez Quintero

El señor Iglesias maneja información latinoamericana suficiente para tratar de proyectar el volcán de los Morales, Correa y Maduro a la realidad de España. A sabiendas de que nada tiene que ver el contexto poblacional de aquellos países con  el nuestro. Pero qué importa la realidad a D. Pablo si su farsa le ha de reportar los beneficios que ya supo ingresar de su intervención cómplice en los países señalados. El líder de Podemos inyecta toneladas de odio en las arterias obstruidas de las clases menos pudientes. Habla de complot cuando no hay sino escasez de ideas y de recursos. Consagra altares a los jefes carismáticos y reedita, así, ese culto al líder tan extendido entre comunistas a la rusa o a la china.

Lo importante para D. Pablo es que la Iglesia del movimiento circular siga creyendo que el nuevo mesías se reencarna en su figura pública. O con él o al paganismo de la casta. Los medievales autos de fe son el catecismo simplista ante la teología del desenfreno verbal del antiguo profesor. Los primeros creían salvar almas al socaire de garantizar el bien público. Los segundos no extirpan herejías religiosas sino eliminan rastros de libertades individuales. En unos y otros, el miedo como factor de disuasión y como medio e invitación al arrepentimiento. La justicia y la penitencia convertidas en folklore sangriento. La repugnancia hacia los dos se mide por la tristeza y el desagrado de los escenarios. Utilizar a los más desfavorecidos para lograr los más espurios beneficios, equipara a Iglesias con Bárcenas. Resulta espantoso ver a clérigos laicos de un signo u otro presidir ceremonias de confusión y de engaño. En cuyo caso, don Iglesias transforma su farsa en tragedia.

Mientras, Don Pablo, como Rasputín moderno, haciendo de la madre España la Rusia zarista. Tremenda su aversión al expresidente Felipe González. Tremenda y vergonzante. Brutal su ambición de poder. Brutal y extremadamente peligrosa.

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