VENTANA DEL AIRE.
La prisa.
[Juan Andivia]

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juan andiviaEn la refriega del modelo de Estado sobra la prisa: Parece que es imprescindible exigirle a este gobierno enfermo unos actos concretos, cuando es obvio que las ideas no están claras (las de los demás). Ahora, parece que es el momento de que toda la prensa se dedique a desprestigiar primero a Podemos, después a Ciudadanos, luego al pesoe y, otra vez, a Podemos: se trata de dejar al pepé como alternativa única, es decir, de enquistar la corrupción, los nacionalismos y la regeneración democrática. Se trata que moverse ligeramente para que todo siga igual y no peligren las empresas, incluidas las editoriales, claro y sus beneficios.

Pero nuestros políticos tampoco están a la altura deseada, especialmente los que representan un ámbito nacional. Se olvidan de que, en ocasiones, como en el ajedrez, pueden tener mucho sentido las jugadas de espera y que la diferencia de criterio no es una ofensa, sino una riqueza. Sobra la prisa y faltan las opiniones de los intelectuales que, en este país, existen, aunque se les escuche y se les lea poco, que es otra historia.

John Stuart Mill dijo que todas las nuevas ideas, si se expresan machaconamente, pasan por tres etapas: la ridiculez, el debate y la adopción. Es decir, muchas veces no consiste en que la idea sea buena o viable, sino en que se propague y se insista hasta que cale profundamente. Así pasó, por ejemplo, con la independencia del Catón de Cartagena, en la primera República española y así pasa con los minúsculos pueblos que existen todavía en nuestra geografía; por ejemplo, Illán de Vacas (Toledo) que tiene tres habitantes, pero no se les ocurre unirse a otros más próximos, mientras que en Europa la tendencia es la fusión, sobre todo por el ahorro. Hasta los catalanes menos nacionalistas se creen una versión sesgada de los sucesos del 11 de septiembre de 1714 y nos la cuentan, una vez superadas las dos fases primeras e instalados ya en la adopción de la farsa.

Quizá no podamos aspirar al prestigio y la influencia que tuvieron Unamuno, Maeztu u Ortega en las opiniones de Estado, pero no estaría de más reflexionar sobre las ideas de quienes tienen por oficio la observación de los demás. Sin ir muy lejos, hace un tiempo ya, la versión electrónica de La Nación incluía una entrevista a Juan Goytisolo en la que el escritor defendía, sin complejos, su pertenencia a la cultura española, a pesar de no compartir los valores de nuestra sociedad. A mucha gente nos sucede lo mismo.

Los encorsetamientos, las menciones a don Pelayo, Wifredo el Velloso, Sabino Arana o Rodrigo Díaz y las presidencias honoríficas traen honores como los de Pujol y atufan, mientras que los proyectos, aun sin definir, nos avientan con el espíritu de la Europa de la revolución francesa y de las libertades.

Y es que para pensar, lo menos importante es el tiempo y si nos convencemos de que, en ocasiones, se tiene que oír lo que no gusta y que la seguridad absoluta en algo es sospechosa, quizá consigamos una nación moderna que complazca a la mayoría, cuando sea y, sobre todo, donde no haya nadie que pueda suscribir los versos de Luis Cernuda en su libro “Desolación de la quimera” (1962): “Soy español sin ganas/ que vive como puede bien lejos de su tierra/ sin pesar ni nostalgia. He aprendido/ el oficio de hombre duramente,/ por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero/ no volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía,/ cuyas maneras rara vez me fueron propias,/ cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto/ y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.

Por cierto, el poema se titula “Es lástima que fuera mi tierra” y es tan duro, como la realidad de entonces y de ahora.

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