EL ESTERO.
El jersey.
[ J. J. Conde]

Jesús Conde RepisoPara alguien en particular, lo fue  todo. Sí, es una prenda de vestir y de punto; pero una prenda tejida por las manos de una compañera leal hasta la muerte, con todo el sigilo y el amor con que hay que tratar su hechura, porque en el corazón que arroparía después con fuerza sólo latía repetidamente una palabra: libertad. Y en ese punto a punto, y por cada punto, una reflexión sobre el sistema impuesto e imperante. Y una conversación, larga y profunda, acerca de la lucha de clases, acerca de cómo el todopoderoso régimen engullía sin el más mínimo pudor las necesidades, los derechos de los que más lo necesitaban: los obreros, que precisamente con el sudor de sus frentes eran los que los sostenían recibiendo a cambio la provocación, el látigo y la miseria. Punto a punto todas las tardes de todos los días y Carabanchel, lúgubre, sucia y húmeda, con sus chinches en la memoria.

De cuello vuelto, de caja o abierto, el jersey suponía un emblema, el jersey parecía que redoblaba fuerzas. Las fuerzas necesarias para poder aglutinar en torno a la semilla plantada en los centros de trabajo el fruto limpio de unas comisiones obreras, que en asambleas multitudinarias debatían y resolvían con el rigor y la conciencia que caracterizaban al proletariado. Todos en uno era la consigna y la acción, claves para doblegar el férreo control que se ejercía sobre cualquier detalle que no fuera afín a los postulados de quien dictaba desde un obsceno caudillaje. Y resultaba, porque empezaron a abrirse las primeras grietas en aquel muro infranqueable de la autocracia. Grietas por las que entraba la claridad con la que dibujar el futuro de un país que no respondía en aquellos momentos sino a un negro paisaje que tiznaba de barbarie los más nobles pensamientos que se pudieran albergar, en cuanto al destino y utilidad de la justicia social extrapolada al pueblo.

De pico, de manga larga o sin mangas, el jersey fue su coraza de batalla, la “marca de la casa”. Pues que con esa marca, y de la mano firme de su camarada tejedora, Marcelino (ya te nombro) fue capaz de vertebrar a la inmensa mayoría de la clase trabajadora distinguiéndola con un sindicato en el que la defensa de los intereses, tanto profesionales como económicos y sociales de sus miembros, se materializaba ante cualquier conflicto con la honestidad y la inquebrantable unidad en la lucha como bandera. Honrado, íntegro, hombre de cercanías, dialogante -entre otras muchas- eran las cualidades que atesoraba este fresador sindicalista, que impregnaba de camaradería los tajos y que supo afrontar como pocos líderes los desafíos de las injusticias persistentes dentro del mundo laboral. Quedará Marcelino, Marcelino Camacho Abad,  como el referente claro y rotundo de quien hizo de su vida una continua “pelea” en la búsqueda y conquista de las libertades. Y es curioso: sin apenas armas. Que Marcelino solamente utilizaba un jersey.

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