Laberinto social.
Criogenizarse, ¡qué frío!.
[Federico Soubrier]

federico soubrierSiempre he sido de la idea de que quien va a morir debería decidir sin ningún tipo de coacción o prohibición el cuándo y el cómo, cuestiones de vital importancia para él o ella, que ya bastante ha tenido con tirar de su vida con más o menos éxito, con la estresante encomienda de decidir uno tras otro, cada día, qué dirección tomar, lo cual hace de partida que respete los pensamientos y decisiones al respecto de todo ser humano.

Resulta cuando menos inquietante que, aquellos que deciden y amenazan con machacarte la pensión a la vez que dan carta blanca a que se te corte el agua, la electricidad o el gas, te racionan o prohíben medicamentos recortando lo que pueden en medios para que mantengas tu salud y, en el peor de los casos, permiten que te desahucien colocándote en la calle con independencia de tu edad, sean capaces de meterse en el pantanoso terreno de tu manera de morir y lo que venga después con tus restos.

Si entramos en el tema de qué se va a hacer con un cuerpo, ya cualquier tipo de polémica me parece una tontería, una menudencia, aunque puedo entender que los familiares quieran tener un punto de referencia e incluso discutan entre sí por una opción u otra.

Cierto es que no se puede obviar que la iglesia, que no deja escapar un negocio, ahora prohíbe el esparcir las cenizas al libre albedrío dando una vuelta de tuerca más para intentar vaciar los bolsillos de los feligreses “en el nombre de Dios”.

No sé cuánto tiempo llevo escuchando la falsa leyenda urbana de que el genial Walt Disney fue criogenizado, de hecho, los yanquis vendían y venden la figurita de un hombre con las orejas de Mickey encerrada en una especie de bloque de hielo transparente (qué mal gusto). La verdad es que desde niño siempre lo imaginaba en el interior de un congelador como esos de las grandes extensiones, no en una de las psicodélicas cápsulas que nos muestran inundadas de nitrógeno líquido a -196 °C, a las que, por cierto, hay que reponer pequeñas cantidades periódicamente por evaporaciones (¡necesitan mantenimiento, cuestión importante en caso de catástrofe!).

Echando un vistazo a los precios de mercado, aunque en España, donde no está legalmente permitida,  ya se atreven a anunciarla como ganga más barata que en el extranjero, parece que la horquilla real podría mantenerse entre los cincuenta mil y los doscientos mil euros, así que la mayoría, de salida, nos olvidaríamos del tema, cuestión que me hace comprender que se plantee si se criogeniza solo la cabeza (por el tema del cerebro) o todo el cuerpo, algo así como comer a la carta. Todo esto siempre teniendo que cuenta que hasta la fecha nadie haya sido capaz de demostrar que este método funcione con los humanos, existiendo una más que fundada reticencia en cuanto a posibles daños cerebrales y si nuestro “yo” reside realmente en él.

Tampoco me hago a la idea de cómo el tatarabuelo de alguien, que por lógica sería una persona mayor, si lo descongelasen ahora se adaptaría al mundo tecnológico en el que nos encontramos, le llevaría tres vidas.

Supongo que para la ciencia sí tendría interés conseguir que un hombre o mujer de cromañón despertase a la vida, pero dudo muchísimo que, pasadas unas generaciones, lo tuviese con nosotros, ya que todo lo que hacemos está documentado por activa y por pasiva.

Me parece que hoy por hoy nadie pone pegas a que dones tu cuerpo a la ciencia para que los estudiantes de medicina hagan prácticas cortándote en lonchas.

En base a que la libertad de una persona termina donde comienza la de la otra, esto da el espacio suficiente como para que cada cual decida qué hacer con su vida y con su cuerpo, eso debería dar autonomía suficiente para decidir sin que cruces, banderas o balanzas justicieras se inmiscuyesen en nuestro D. E. P., aunque admito que menudo frío criogenizarse, o más correctamente expresado, criopreservarse de por siempre.

Federico Soubrier García – Sociólogo y Escritor