TERETES.
Cambios de opinión.
[Paco Velasco]

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Paco VelascoEs posible, incluso probable, que detrás de mi pensamiento progresista se escondan ideas demasiado conservadoras. Después de 65 años de vida, sigo creyendo a pies juntillas en el mundo más igualitario que siempre defendí desde mi vida personal y desde mi carrera profesional. En este sentido, no es que haya modificado un ápice mi religión social, pero sí he de reconocer que las turbulencias políticas y económicas han arañado la cara y la cruz de mis aspiraciones.

Recuerdo que, allá por los años últimos del franquismo, mis amigos me reputaban como un escandaloso, incluso fanático, seguidor de las prédicas democráticas y del logro de una ley constitucional que diese oportuna réplica a la dictadura que queríamos enterrar. La llegada del Psoe de Felipe González al poder, me produjo una satisfacción tan íntima como inenarrable en cuanto ponía sobre la mesa el compromiso de un cambio radical en las costumbres intestinas de España y en la valía moral de sus nuevos dirigentes. Poco dura la alegría en casa del pobre ciudadano. Mi gozo en un pozo a medida que la OTAN fue un señuelo de libertades y que los secuaces de Guerra se convirtieron en los nuevos potentados de la desfachatez institucional. Desde entonces arranca, confieso, mi antipatía, manifiesta, hacia quienes dejaron der ser socialistas de alcurnia histórica para convertirse, a mi juicio, en psoecialistas de desprestigio mundial.

Tantos años después, mi rechazo frontal hacia quienes han hecho de una misión cívica, un lupanar dedicado a la captación de clientes, se mantiene en posición de firmes. Sin embargo, ¡ay las adversativas!, la repulsa de antaño se remueve, hogaño, entre las arenas del relativismo, de manera que la gravedad de la reprobación y de la filípica ha dado paso a una más leve censura, próxima a la reprimenda o al rapapolvo. Y ello por una razón de fondo: el advenimiento de un grupo político, de corte talibán, cuya ideología oscila entre el anticapitalismo propio de universitarios melenudos/barbudos y el neocomunismo zafio de algunos profesores que desertaron de la tiza un minuto después de tomar posesión de su puesto docente.

Ante tamaña irrupción, no sorprendente pero sí temida, las prácticas del Psoe me parecen infantiles si se las compara con el tsunami de intolerancia moral y de caos económico que se está viendo venir a marchas forzadas. Resulta curioso que servidor, tan público debelador de Chaves, Griñán y hasta de Susana, contemple ahora en ellos –sin abdicar, por supuesto, de mis comentarios anteriores sobre su nefasta política- esa especie de muro capaz de hacer frente a la oleada de maldades que comenzaron a exhibirse con Zapatero y que tomaron cuerpo –interruptus por fortuna- con Sánchez.

Vaya, en una palabra, que si mañana hay elecciones y tengo que votar al Psoe o al innombrado, no duden que me decantaré a favor del primero. ¿Cambio de chaqueta? Ni hablar. Cambio de opinión. A veces, es bueno ser enemigo de las opiniones propias, pues de lo contrario, incurriríamos en el sempiterno pecado de la soberbia, plena de chapuza y de impostura.

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