La opinión de Paco Velasco: “Huelga/Juerga general”

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(Firma: Paco Velasco)  Pepe Álvarez, nada más y nada menos que el gran jefazo de la UGT, amenaza al personal trabajador y con empleo con la convocatoria de una huelga general. Los concernidos no son los miembros del Gobierno. Ni hablar. Los interesados somos los ciudadanos, seamos españoles o extranjeros.

Algunos tienen la mala costumbre de disparar antes de preguntar. Y lo que es peor: tirotean con pólvora ajena y con ametralladora robada. Descargan balas dialécticas una vez que su descomposición emocional les conduce de la irritación personal al desahogo público. El amigo Toxo, otro que tal anda, guarda prudente silencio mientras tanto. El de Comisiones sabe de sobra que una huelga general en tiempos de un partido socialista inmerso en intestina guerra civil y a expensas de las consecuencias nada halagüeñas que arrastraría el apoyo muy condicionado de Podemos, deja de ser un derecho constitucional para convertirse en un festivo de botellón, borracheras y Cafrería, con perdón de los oriundos del territorio.

Sin la fuerza del PSOE, la UGT no pasa la frontera del amarillismo de Manos Limpias. Suena fuerte pero la realidad actual se impone a la historia. Es cierto, como sostiene el señor Álvarez, que el PP se ahoga en la estrechez de su mayoría relativa. Por ese lado, el flanco de la derecha presenta agujeros notables. Sin embargo, Álvarez nunca será Cándido de la misma forma que Cándido nunca pudo ser Nicolás. La mediocridad subjetiva se instaló en el sindicalismo a medida que los referentes políticos de altura fueron perdiendo talla intelectual y moral. El señor Pepe Álvarez confunde catapultas con trampolines y en ese error puede pegarse el castañazo de su vida.

Pepe Álvarez tiene que enterarse que la presente no es época idónea para la presión sindical. Debe saber que la generación de conflictos coyunturales se estrellará contra el descomunal aprieto del desempleo estructural. Que en 2015, el número de paros por causas laborales sufrió un descenso a mínimos en democracia. Y, sobre todo, que el porcentaje de asalariados participantes en las huelgas fue, de ridículo, disuasorio para los promotores de las mismas.

Uno comprende que Álvarez quiera darse a conocer. Incluso entiende que trate de insuflar ánimo a sus correligionarios de izquierda de cinco estrellas. Lo que no se admite, por no ser de recibo, es que se instrumente la huelga general como arma política. Los trabajadores tenemos conciencia de clase pero no aceptamos que nos den clases de conciencia. Y menos de quienes tienen demasiado que callar.
Huelguistas, cuando se deba. Juerguistas, si corresponde. Generales, los menos. Especiales, todos.

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