TERETES: La jodienda fiscal, con perdón

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(Texto: Paco Velasco) Que dice el diccionario de la lengua española que jodienda no deja de ser un vulgarismo, de ahí el perdón que solicito en el título, cuyo significado viene a ser el de molestia, incomodidad o complicación. Mas como quiera que el término del encabezamiento muestra una contundencia de la que adolecen sus sinónimos clásicos, es por lo que esgrimo, como florete dialéctico, el sustantivo derivado de la interjección “¡joder!”, que describe con propiedad el estado de enfado e irritación que me provoca la propuesta de armonización fiscal que doña Susana Díaz me/nos quiere hacer tragar.

Susana, que nada subsana, propone a sus colegas de otras comunidades la armonización fiscal con el fin, sostiene la contumaz señora, de evitar la “competencia desleal”. Y que pretende la augusta dama con esa invectiva, se cuestiona el personal. En lenguaje políticamente correcto, pero mendaz, fijar topes máximos y mínimos en los impuestos cedidos a las autonomías, como ocurre ahora mismo con el tramo cedido de IRPF. Sin embargo, en román paladino, su objetivo no es otro que castigar a los ciudadanos de Madrid y de otros territorios con una subida de impuestos, especialmente el de sucesiones, de manera que los andaluces no seamos los principales paganos de la rabia confiscadora con que la presidenta ofende a los herederos y a sus causahabientes. En cuyo caso, su voluntad de rapiña fiscal quedaría diluida por su implantación en el conjunto del estado español.

A Cristina Cifuentes, la popular madrileña, le ha entrado la risa a causa de la poca gracia del chiste. No obstante, los dirigentes psoecialistas de Valencia, Extremadura, Castilla la Mancha y Aragón, han apoyado, como ejército bien aguerrido, a su jefa de filas. Cuanto más impuestos paguemos los sufridos ciudadanos, de mayor remanente disponen los políticos tiranuelos y demagogos para cumplir su rol de déspotas no ilustrados que dejan al pueblo al pie de los caballos del subdesarrollo económico. Pero cómo vamos a pagar burradas de impuestos por lo que nuestros padres guardaron ahorrando toda su vida.

Frente a la asimetría y la diversidad, Susana, que no subsana, preconiza la igualdad por abajo, materializada en la pobreza de todas las regiones, en la destrucción colectiva de empleo y en el decrecimiento económico general. Como Andalucía rivaliza en desempleo con Extremadura, el afán de la maléfica madrastra de  Andalunieves no es sino adquirir un espejo que refleje la fealdad de todos con el interés subvenido de repeler la belleza, el encanto y el bienestar social de los españoles. Susana, que no subsana, tiene tela y telón. Telón de acero soviético para inflar la nómina de la administración paralela, montar nuevos ERE,  o amañar cursos de (de)formación con los impuestos “armonizados” de los madrileños, cántabros y riojanos. Menudo rostro.

En vez de crecer, disminuir. Constitucionalmente, todos los españoles somos iguales. En la práctica, Hacienda nos descubre las falsedades de la teoría jurídica. Cómo es posible que los riojanos apenas paguen un impuesto testimonial por la herencia mientras los andaluces estemos condenados a abonar un pastón si nuestros padres han tenido la ocurrencia de dejarnos un patrimonio medianamente importante. Fíjense en este dato: si en Andalucía un padre deja en herencia 800.000 euros a su hijo, soltero y mayor de 21 años, el muchacho tendría que embolsar en las arcas del Estado una cantidad cien veces mayor que si esta familia residiera en Madrid. Estas diferencias extremas causan notabilísimas distorsiones económicas en los creadores de empresas y generadores de empleo.

Alguien me echará en cara que este mismo mes de enero de 2017, Susana, que poco subsana, ha subido a 250.000 euros el mínimo exento en el impuesto de sucesiones. Pues qué bien. La Rioja lo tiene colocado en el doble. Es posible, pensará Díaz, que un riojano valga dos veces lo que un andaluz. O lo que es peor, que para uniformar a la gente, es preferible que aquí tributemos todos lo mismo. Salvo catalanes y vascos, que tienen fuero aparte.

Para esta armonización fiscal, mejor  la discordancia y la rivalidad. Por lo menos que a la hora de perder, no todos padezcamos el mismo látigo de rapiña. Si al menos recibiéramos mejores servicios. Ni eso. Lo dicho: ajo y agua. Sin perdón.

 

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