TERETES: El trumpetero del apocalipsis

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(Texto: Paco Velasco) Una de las principales lacras de la sociedad actual es la hipocresía mayestática, la elevación a categoría universal de lo políticamente correcto, el buenismo entronizado en los territorios donde la castidad y la cautela no caminan juntas. Los ciudadanos hemos de reivindicar, contrariamente a los mandamases del mundo, que la vida no es sentarse a verla pasar, sino de caminar adelante. Los ciudadanos debemos saber que la paz nunca es mala y que la guerra nunca es buena. Sin embargo, como afirmaba el clásico romano, la servidumbre miserable nunca es paz.

El presidente Trump es un producto de la democracia estadounidense. Hasta aquí todo encaja en la más estricta legitimidad. Su programa gustará a unos y provocará sólidos cabreos a otros. Sea como fuere, lo que es incontestable es que la mayoría le ha entregado su voto. Hasta aquí, viva el sufragio universal. Ahora bien: los cargos públicos no son democráticos exclusivamente por su origen. Lo son, sobre todo, por el ajuste de su función y de su cometido al imperio de las leyes. En caso contrario, lo original deja de ser pecado para convertirse en delito. A la cristiandad se accede tras el bautizo. Ser cristiano implica el ejercicio de la doctrina.

El presidente Trump ha sido su propio nuncio apostólico. Esto es, el mensajero del Papa laico norteamericano. De esta manera, la doctrina del “cesaropapismo”, que decía Boehmer, vuelve a cobrar actualidad en tanto el poder civil y el poder eclesiástico antimusulmán se han vuelto a fundir en un abrazo miserable. Nunca creí en el origen divino de los reyes, cuanto menos de los presidentes republicanos, ni admití el poder absoluto unificador de la religión equis y del gobierno zeta.

Que Trump adopte medidas drásticas para combatir el terrorismo de cualquier índole, me parece muy bien. No obstante, que linche a cualquiera con cara de facineroso, me parece una salvajada. Cuánto no me repugnará que utilice la figura literaria de la sinécdoque para declarar yihadistas a todas las personas que profesen el credo islámico o que hayan nacido en territorios dominados por musulmanes. La barbaridad es tan descomunal que no se sostiene legalmente ni siquiera desde la moralidad más laxa. No resulta lícito conceptuar como miembros del Ku Klux Klan a todos los habitantes de Tennessee y, por extensión, a los de toda América del Norte. Trump debería hacérselo mirar, no sea que el mundo en general confundamos su apariencia de ogro xenófobo, homófobo, racista y anticomunista con su verdadera esencia personal y todos pensemos que, en realidad, su cometido en esta función esperpéntica de la política más retrógrada no es sino de llevar a cabo actos de violencia intimidatoria y terrorista por parte del estado nacional que dice defender.

En Estados Unidos, el diseño de sus instituciones responde al modelo constitucionalista, el cual vincula al legislador. Lo cual es lógico si se tiene en cuenta que Norteamérica fue una colonia inglesa. Si Trump quiere torcer la Constitución, se estará enfrentando a su historia. Si en algo no podemos retroceder es en la defensa de los derechos humanos. En cuyo caso, o la oposición demócrata hace bien su papel y promueve el proceso del impeachment para destituirlo, o las consecuencias pueden ser funestas. Ayer mejor que hoy. Mañana puede ser tarde.

Los trumpeteros del apocalipsis anuncian la llegada de millones de demonios en forma de victoria que da paso a la guerra, precursora del hambre y de la muerte. El problema añadido lo aportan los dizque demócratas de boquilla que se ciscan en la constitución cuando les viene bien. Impeachment en EE.UU., ya, sí. Artículo 155 C.E., en España, también, aunque sea rebajado a lo administrativo.

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