TERETES: Campos de urnas

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(Texto: Paco Velasco) La dialéctica política de los violentos verbales pasa por el empleo torticero de la palabra urna. La urna es el mantra de la democracia. Los neofascistas, los totalitarios, los talibanes, los absolutistas, utilizan, impostores ellos, el vocablo para enjuagar la suciedad de sus delitos. Pese a ello, la ropa sigue asquerosamente sucia después de las sacudidas de la urna/lavadora. Resulta significativo que en Venezuela se identifique la urna con el ataúd.

Los demócratas, sin embargo, usan el término para elegir, conforme a las leyes, qué ciudadanos han de representar al pueblo o qué decisión de interés general se ha de adoptar, mediante referéndum, en circunstancias regladas. La urna es un símbolo de la democracia. En territorios de locos, los símbolos, ya como convención, credo, prototipo o emblema, sirven tanto como conviene al poder instituido. Si se ha de quemar una bandera de otros, o pisotear una creencia ajena, bienvenida la barbarie porque de los vándalos y talibanes es el reino de la discordia.

Cuando los secesionistas catalanes esgrimen la expresión “derecho a decidir” por encima de la constitución española vigente, se están ciscando en la ley magna que todos nos regalamos en 1978. En consecuencia, cuando se abrazan en la cuerda del soberanismo, no hacen sino convertir la urna en ataúd y en abonar el terreno para que el territorio nacional sea un campo de urnas en el sentido funerario que caracteriza a esta cultura, de ascendencia catalana, que fuera substrato de las etnias prerromanas. La urna deviene, en la boca de Mas, Puigdemont, Homs o Junqueras, un insulto a las libertades y un canto al nudo gordiano de la desigualdad entre españoles. Es la muerte de una democracia que nunca entenderán con la mente trastornada de los dictadores disfrazados de lechales.

La democracia requiere diálogo y no soliloquio. Es el sino de las sociedades civilizadas que se rigen por el sentido común. El señor Pablo Iglesias, otro que tal, se agrega al rebaño de los animales políticos que confunden el atún con el betún. Pobre. Preocupado como está en satisfacer su ego chavista y en ondear su cabellera al vendaval de los conflictos, no logra entender que el derecho a decidir corresponde a todos los españoles. A todos, sin excepción. Acaso lo sepa pero prefiera pescar votos en el mediterráneo de aguas turbias de sus amigotes de “Comuns”, desde Domenech a Colau. Lo que sea preciso, con el fin  de entronizar en España el empobrecimiento material que a todos nos iguala en el submundo hasta alcanzar el liderazgo incontestable del universo de muertos en vida.

En la barcelonesa Tarrasa se encuentra la necrópolis de Can Missert. Es una de las muestras más importantes de los campos de urnas. Cementerios, en suma, donde se enterraban en cuencos cerámicos los huesos de los cadáveres que previamente se cremaban en una pira. Urna como vasija cineraria. Pira entendida como incendio devastador. Enterramiento en cuanto manifestación de la muerte. Las urnas de los fascistas son, en realidad, vasijas cinerarias que recogen los cuerpos calcinados de millones de personas, víctimas de las ansias de poder de un grupo de desalmados.

Para esta democracia de terror…

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