TERETES: Cucurrucucú

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(Texto: Paco Velasco) Hay días en que uno está para nada. Y momentos, como el presente, en que te duele hasta el aire que mal respiras. Alguien ha dicho que las televisiones han creado un nuevo frankestein: el tertuliano. Este fenómeno mediático se erige en dechado de conocimientos, en summum de sabiduría. Si sus palabras versan sobre política, váyanse Felipe y Aznar de paseo. Si acerca de elementos procesales de cualquier jurisdicción, es que ni todas las salas del Supremo se aproximan a su omnisciencia. Que el tema a seguir es la sanidad, ríanse de los colegios médicos y de enfermería de toda España. Qué gente fuera de serie. Y cómo devoran, oigan, la carnaza que el presentador de turno les echa a la boca para eructar de la forma más despreciable.

Dentro del monstruo frankestein, aparece la mente creadora de Mary Shelley. Por fuera, la figura inconmensurable de Boris Karloff. En su contexto, la pretensión humana de crear un “fausto” decidido a ser dios aunque pacte con el diablo. O un robot descontrolado que, al cabo, se revuelve contra quien lo engendró. O, sencillamente, una imposible máquina de contrapesos al share del vecino.

El tertuliano vive de la voz antes que de la palabra. El chillido por encima de la mesura. La interrupción del interlocutor, como método. La búsqueda de la sonrisa del coordinador parcialísimo de la ópera televisada, como objetivo de la final sumisión al rojo vivo del tizón. Toda una jauría humana que desarrolla a la perfección la opresión y la hipocresía germinadas a conciencia en el huerto infecto de los generadores de audiencias, que no son sino los empresarios ricachones de turno.

Así, que si toca corrupción, carrera a degüello contra los de siempre. Que el guión exige abonar la unidad de la nación, que una mierda “empapelá” como concepto discutido y discutible. Que si la sentencia de marras declara la inocencia de cierta dama de la realeza, que menuda porquería de magistrados. Que si la justicia es lenta, que den por allí a las garantías individuales. Que, para chulos, el juez tal, debelador de los franquistas y la juez Pepita, amante de la buena comida y el mejor morreo en los cenáculos de la noche capitalina.

Por último, nos encontramos con los bandos. Los de la derecha recalcitrante se enfrascan con los escándalos de la siniestra que provoca miedo. Salvo, claro está que se trate de las derechas vasca y catalana, que se alían con los sujetos más mefistofélicos que alguien haya parido jamás. En cuanto a los voceros televisivos de la izquierda, madre. La derecha es el cenagal de la vida por excelencia. De la derecha, todos al infierno en línea recta. Y si no, que vengan de Público de Roures.

Y mientras los loritos amaestrados repiten las consignas del domador, la realidad sigue su curso. Y miren un ejemplo: el 90% de los estudiantes castellanohablantes de Cataluña repiten dos o más cursos. Por el contrario, los catalanoparlantes, solamente un 10%. En tanto, las cacatúas afilan su pico en las rejas doradas de su cautiverio ideológico compensado por el puñado de euros que perciben a cambio. Aunque la mona se vista de librepensadora, ni es libre ni piensa. Estas palomas portan mensajes falsos.

Cucurrucucú, pichón. Esa paloma no es otra cosa que alma. Todavía esperan a que la desdichada regrese.

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