TERETES: Espías, ladrones y policías

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(Texto: Paco Velasco) John Le Carré era un aficionado. Sus novelas, en gran parte de ficción, se estrellan contra las publicaciones vívidas y reales del periódico de Inda.

Ahora resulta que el antiguo CESID, el de Manglano, se ha dedicado, siendo presidente Felipe González, a irrumpir en las intimidades de todo hijo de familia y, por si fuera poco, del hijo del fallecido Conde de Barcelona. Toma del frasco, carrasco. Entre espías de lo privado, hackers y otros mangantes de nuestra vida, estamos buenos. Somos observados porque pertenecemos, más de lo que creemos, a la esfera asquerosa de esos voyeurs indecentes.

El espionaje al Rey de España tendría su razón de ser en cuanto el monarca participara en actividades que, per se, pusiesen en juego la capacidad defensiva u ofensiva de nuestro país. Las relaciones privadas, por más que todo/a amante se convierte en potencial confesionario de asuntos íntimos, no pueden ser aireadas si de las mismas se desprende que el peligro de la mata hari de tuno es inexistente. Una cosa es la infiltración y distinta la penetración, tómese en el sentido más preciso o en el más rebuscado.

En el mundo de las tecnologías más avanzadas que nos toca vivir, el gran hermano es el leviatán de nuestros días. Sin embargo, aunque aprendamos a convivir con esta desgracia, a sabiendas del delito que se perpetra, cuando el chantaje hace acto de presencia, la justicia ordinaria debe intervenir. Ya tuvimos ración y media de caquita estatal cuando el caso de los GAL o el crimen de Lasa y Zabala, como para echar la vista atrás y tener una dimensión retroactiva de lo que fueron aquellos años de presidencia española.

La izquierda española se revuelca en su odio guerracivilista para alentar leyes tan portadoras de rencor como la de Memoria Histórica. Pues nada, retomemos el sendero de la discordia y exploremos en las cloacas del Estado felipista/guerrista español qué actividades fueron, aparte de ilícitas, auténticamente criminales. Y a fuer de erradicar la corrupción, investíguese sobre los casos de aquellos innobles años noventa del pasado siglo.

Antaño y hogaño, los agentes provocadores no dejan de ser mercenarios institucionalizados de quienes ejercen, legítimamente, el poder político. La condición de policía o de paramilitar de algunos sujetos involucrados en el escándalo que nos trasladan los periodistas de OKDIARIO causa vómito añadido. Los asesores del hoy rey emérito eran, cuanto menos, unos papafritas enganchados al carro de la vileza. Debieron exigir al entonces Jefe del Estado el cese de relaciones que pudiesen afectar no ya a la defensa nacional, que está en duda, sino a la propia figura de quien representa a los españoles. Si no lo hicieron por miedo a perder el cargo, miserables. Y si pese a todo, fueron destituidos, desgraciados que no denunciaron lo que en su momento apenas se atrevieron a balbucear. Y si el gobierno psoecialista intentó extorsionar a la Corona, que se sepa.

Felipe VI lo tiene difícil con servidores del Estado como los encamados en las más altas instancias de la nación. Ya lo decía en mi penúltimo artículo: si un hombre fuese necesario para sostener al Estado, ese Estado no debería existir y, al fin, no existiría. Pues eso, que el rey Felipe tenga en cuenta con quién se juega los cuartos de su regia Casa.

 

 

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