EL LABERINTO: Cambio de estatus

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(Texto: Javier Berrio) Las inversiones anunciadas por el gobierno Rajoy en Cataluña (y es un no parar), pone el dedo en la llaga sobre la realidad andaluza. El exceso de lealtad de nuestro país hacia el Estado, lo deja en clara desventaja respecto del principado y del País Vasco, dos territorios que desde la reivindicación radical han conseguido y siguen consiguiendo una calidad de vida muy superior a la de Andalucía. Mi felicitación tanto a catalanes como a vascos y mi llamamiento a los andaluces para que, desde sus propios proyectos, sigan el camino del cuestionamiento de qué relación desean mantener con el conjunto del Estado o si quieren mantener alguna.

Ya han pasado muchos años desde que el más o menos nacionalista PSA, después PA, tuviera representación en el Parlamento español e incluso en el catalán y, es hora ya, de que nuevas formaciones asuman la responsabilidad de trasladar a los andaluces la necesidad de que Andalucía trabaje por sí y para sí. Y no por agravios comparativos, sino porque su realidad política, social, económica, educativa, etc., así lo demanda. Bien es cierto que ya varias formaciones van ocupando el vacío existente hasta aquí, pero no es suficiente. Andalucía precisa de un proyecto mucho más innovador e independiente.

La mayoría de las organizaciones que ahora están surgiendo en Andalucía lo están haciendo desde el apellidamiento ideológico, por lo general de izquierdas o muy de izquierdas, poniendo quizás más el peso en ese hecho que en la cuestión nacional. Y, es mi punto de vista, sin comunicar el claro mensaje de que somos una nación, poco o nada se podrá hacer para movilizar al electorado. Porque partidos de izquierdas ya hay suficientes, todos españolistas, y la sociedad poca diferencia podrá ver entre unos y otros. Si no, ahí tenemos al PSOE gobernando eternamente Andalucía, en estos momentos con una presidenta que si algo se siente es española, muy por encima de la responsabilidad que le toca como máxima representante de un país tan antiguo como Andalucía y con las acuciantes necesidades que lo rodean.

Abogo por un movimiento claramente nacional que cuestione el estatus de Andalucía puesto que los cuarenta años de autonomía han servido para bien poco: hay que ir más allá y en lo ideológico, partir de la independencia y del posibilismo. Un movimiento sin complejos de izquierdas ni de derechas, sino que ofrezca a los andaluces lo que sea necesario para sus escalofriantes situaciones. Pero primero, partiendo del convencimiento a la población de que sin avance en el autogobierno –avance radical, claro-, no habrá solución para nuestro país y que sin un cambio de mentalidad, tampoco. Andalucía ha de hacerse cargo de sí misma sin esperar que las soluciones vengan desde donde no pueden venir porque, como queda visto, las inversiones españolas se dirigen a otros lugares con mayores capacidades de exigencia. Siendo así, primero el nacionalismo claro y drástico, sin el cual, nada o poco se podrá hacer para caminar hacia el progreso y la justicia social y, después, las políticas necesarias de modernización y progreso. Andalucía no es una parte de España: Andalucía es por sí una nación que debe asumir la responsabilidad de tomar sus propias decisiones. Ese ha de ser el objetivo. El resto de mensajes, confusos en sí,  no llegarán porque para los ciudadanos sonará a más de lo mismo y, por lo tanto, nos dejarán donde estamos.

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