TERETES: Carrera oficial

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(Texto: Paco Velasco) Sin ánimo de polémica. Terminada la Semana Santa, uno se cuestiona determinados aspectos de la organización de las procesiones sacras. Nada que ver con la religión cristiana ni con las tradiciones ni con el fervor religiosos. Nada de nada.

El objetivo de este artículo se centra en dos aspectos: a quién pertenece la vía pública y el poder exteriorizado de los agentes de seguridad privada que han sido contratados para advertir a la ciudadanía quién es el amo del castillo.

Parece claro que es el ayuntamiento la administración primera que garantice que el espacio público cumpla adecuadamente sus funciones. Incluso se puede justificar que puedan establecer una cierta normativa que regule el comportamiento de los ciudadanos. Es más: puede aplicar estrategias diversas a fin de articular la convivencia.

Si así es de claro, cómo es posible que un ayuntamiento democrático levante muros intraspasables durante horas para el común de los habitantes de la ciudad. Cómo es posible que en la carrera oficial diseñada al efecto no sea posible acceder a un establecimiento farmacéutico –y no digo ya de hostelería- porque está prohibido el paso a cualquiera que no se retrate con el carnet del palco. El uso común general de las vías públicas ha de concordar con la naturaleza de sus instalaciones, por más que sean efímeras, de modo que se garantice la libertad de circulación para uso y disfrute de la calle. Si se prohíbe bañarse en la fuente de la plaza de las monjas, a cuento de qué se impide acceder a ese espacio una vez los cortejos procesionales hacen acto de presencia en las calles aledañas. De traca.

En cuanto a las figuras de los agentes de seguridad privada, dispuestos a lo largo y ancho del perímetro de la carrera oficial, qué les voy a decir. En primer lugar, defender a esos trabajadores que se ganan la vida de manera honrada. En segundo lugar, advertir de sus prerrogativas, concedidas por la nunca bien criticada Ley 5/2014 de Seguridad Privada. Oiga, a algunos de estos agentes, se les pone un uniforme, se les leen tres párrafos de un artículo, se les obliga a repetirlos y se convierten, ipso facto, en maderos juncales dominadores del territorio que les ha sido asignado. No intenten ustedes atravesar la calle custodiada con uñas y dientes por estos obreros, mal pagados, de una empresa privada de (in)seguridad. Conocí el caso de una señora que quiso atravesar la calle Rico, en la confluencia con la calle Palacio, para llegar a la farmacia de la calle Concepción. Ni se imaginan al gendarme. Exigencia de identificación de la viandante y requisitoria de muestra de la receta médica para modificar su voluntad desestimatoria. Quién discute con alguno de estos muchachos, jóvenes en su mayoría, a los que, antes que instruir se les ha adiestrado en las malas formas y en el estilo doberman. De cachondeo.

Pues eso. Alcalde, eso: traca y cachondeo. Mi respeto al Consejo de cofradías y hermandades pero mi absoluto repudio al Consejo de cobardías y compadradas. La vía pública debe estar abierta a todos los ciudadanos, sin distinción de credo, raza, etc. Ni carrera oficial ni leches. Las procesiones deben ser contempladas en cualquier plaza de la ciudad sin más cortapisas que el respeto a las normas vigentes. Eso de cerrar el paso a una farmacia es tan inadmisible como obstaculizar el paso a una cafetería.

Vuelvo al inicio. Que mi aprecio a la organización de las procesiones sacras de Huelva es manifiesto. Que mi rechazo se dirige a quienes se creen los dueños del trono y hacen de algunos espacios públicos el territorio feudal que nunca debe estar presente en una democracia que se precie. Alcalde: que ya sabemos por dónde cojea usted. Desde lo de las viviendas del Torrejón cuando Vd. era Delegado de la Consejería de la materia. Así que, a ver si de una vez se entera de que el cargo edilicio no le ha tocado en una tómbola. Que las papeletas del voto no lo son de una rifa.

Y reitero: sin ánimo de polémica. Hasta qué punto, que ni menciono el volumen de cera que, siete días después afea el pavimento de la carrera oficial y provoca no sé cuantos resbalones.

 

 

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