TERETES: Ley de la razón suficiente

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(Texto: Paco Velasco) El felizmente desaparecido de la primera fila política, expresidente Zapatero, fue un líder inconmensurable de la dialéctica vacía. El hombre parloteaba, con voz hueca de tenor de quinta, y soltaba parrafadas como el que vomita restos de comilonas mal digeridas. No teníamos bastante con depredator I, José Luis, que depredator II, Pedro, salta al ruedo ibérico de la iletralidad hispana. Tiene narices. El síndrome de la nihilidad política se reencarna en la vacuidad lógica e ideológica.

Don Pedro Sánchez ataca de nuevo. Al prohombre, mitad podemita mitad cainita del Psoe, le ha salido una erupción lingüística que le quema las meninges. Cataluña, dice, es una nación. Si él lo cree así, lo menos que puede añadir es la exposición de motivos que sustentan tamaña declaración que, por otra parte, no contempla nuestra Constitución. En cuyo caso, el señor del “no es no”, –constructivo el muchacho-, debe advertir al electorado su intención de emular a su colega venezolano, Maduro, si por casualidad toca la flauta y, algún día, llega a presidente del Gobierno de España.

Con estos cimientos, qué edificación política es posible más allá del plano de la retórica huera. La Constitución reconoce abiertamente la plúrime realidad lingüística y cultural de España. A cuento de qué viene modificarla para convertir las autonomías en ingobernables reinos de taifas. A falta de panes, diluvio de chorradas. Cuando uno no sabe, mejor el silencio. Y si, en cambio, sí sabe, que explique si Castilla La Mancha debe ser otra nación, si Madrid, igual y si Castilla León, por supuesto. Se necesita ser políticamente desvergonzado para atizar un fuego que calienta pero no quema y que, a partir de pirómanos como el citado, generará mortíferos incendios.

La dialéctica mal entendida es una forma gravísima de corrupción. Si Su Majestad Susana invoca la unidad de España, Sánchez, autonombrado, príncipe de la paz al más reaccionario estilo Gody, defiende la secesión como catapulta de sus torticeros intereses particulares. Ni reflexión ni convicción son esgrimibles en cualquier discurso cuando el fundamento voló del nido del cuco. Toda nación requiere soberanía y la soberanía propende al estado. Así es y así será. Salvo que el ínclito politiquillo frustrado y amargado quiera vender lo contrario. Qué le queda a Sánchez sino el respaldo minoritario de Iceta y tres o cuatro compañeros de farra que se introducen entre los instersticios de la caradura de Monedero, de la estupidez de Ana Gabriel, o de las chuminadas de Rufián. Como si los rupturistas de Cataluña se conformaran con acuerdo diferente a la independencia del territorio.

Con todo el lastre de corrupción que soporta Rajoy, el gallego tiene más credibilidad política que Sánchez, incluso dormido. La mismísima Susana gana enteros si se la compara doctrinalmente con el hombre de las diez mil promesas imposibles. Pedro necesita sobrevivir en la política porque su futuro universitario está más oscuro que la boca del lobo castrista. De ahí que las primarias socialistas constituyan su penúltima oportunidad de aparecer en los telediarios. La última ocasión será lamer posaderas y pedir el ingreso en las filas eclesiásticas de don Pablo Manuel.

Una postrera aportación: aprenda, señor Sánchez, la ley de la razón suficiente: “ningún fenómeno puede ser real ni afirmación alguna, verdadera, sin la razón suficiente de por qué las cosas son así y no de otro modo”.

 

 

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