TERETES: Escandalazos

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(Texto: Paco Velasco) Los escándalos surgen como consecuencia del alboroto levantado por algunos personajillos que viven de los autos de fe, sin ser clérigos, de las condenas públicas a sus enemigos, por más que se autodenominen defensores de la ley, y de la apariencia farisaica cuando, en realidad, proclaman la integridad moral. La piedra de escándalo es cualquier cosa con tal de que los maliciosos echen su odio a pasear con un camión de gran tonelaje con vistas al atropello.

La refriega que se ha montado a costa de un famoso chef televisivo y de sus mal llamados becarios, no resiste un apunte histórico. A título de ejemplo, que pregunten a tantos y tantos licenciados en derecho que sirven como pasantes, a título no lucrativo, en ciertos bufetes jurídicos. Eso, cuando en los despachos más reconocidos, no se les reclama cantidades desorbitadas por recibir enseñanza en ellos. Lo de los restaurantes de los grandes cocineros es muy antiguo.

En nuestra sociedad, los gremios dejaron de poseer la llave de la calidad que perpetuaba a los oficios. Hoy se es maestro antes de terminar la carrera y los grados de aprendiz y de oficial son antiguallas impropias del siglo veintiuno. A fuer de manipuladores, los promotores de “masters” suelen engañar a la gente prometiendo trabajo seguro por un precio que, de módico, nada de nada. En mis tiempos de juventud, estudié bachillerato de ciencias. Eran épocas en que los niños pijos desdeñábamos la formación profesional que se impartía en el edificio que, actualmente, ocupan los juzgados de lo contencioso y de lo civil. Tan estúpidos, como ignorantes, despreciábamos el valor de lo concreto, de lo manual, de la experiencia, de la sabiduría a pie de calle. Aquellos muchachos recibían, gratis total, una enseñanza extraordinaria lejos de las universidades que ponían los ojos estrábicos a quienes pensábamos que en ellas se compendiaba el saber del mundo. Infelices.

Qué hubiéramos hecho centenares de abogados si los grandes despachos profesionales nos hubieran ofrecido aprender con ellos. El pino. La enseñanza, como el trabajo, puede ser reglada y académica. Que sí. Que vale como mérito pero nunca como requisito para el conocimiento. La muchachada que abre su horizonte profesional hacia negocios culinarios y hosteleros, a qué mejor y más barata recompensa pueden aspirar que a aprender de los consejos de los más grandes del medio.

El escándalo, insisto, nace en las almas de los desarrapados que prefieren reducirnos a la subcategoría de igualdad en el submundo antes que elevarnos a la diversidad de los iguales. Demagogos que nos alimentan de escorias mientras reservan mesa para degustar menús lujosos. Gentuza que insulta a los esclavos que fueron, y que son, con estos símiles malvados. Esclavos son ellos, de sus mentiras, de sus componendas, de sus subvenciones, de sus clientelas. Esas son sus cadenas, esos son sus temores y ese es su despecho. Partía de escandalizadores que ni se arrancan los ojos ni se cortan la lengua ni soportan el éxito ajeno.

Cosa distinta es que el uso del derecho se confunda con el abuso del mismo. Que, a priori, no es el caso. O lo que es lo mismo, que las excepciones, que las hay, confirmen la regla del contrato reglado y bien reglado.

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