TERETES: Primarias y síntomas bolcheviques

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(Texto: Paco Velasco) El problema de los bolcheviques es que se radicalizan cuando se les relega a posiciones minoritarias. Lo mismo que el protorrevolucionario Lenin se cargó a sus adversarios políticos y convirtió al Estado en un empresario privado, Stalin purgó a los compañeros del partido único que discrepaban de sus ideas y de sus decisiones. El sino de los dictadores majaretas, desde el francés Robespierre al norcoreano Kim Jong-Un, pasando por un interminable etcétera de mamarrachos sangrientos, describe dos caminos: el del personalismo más patológico y, asimismo, el de la utilización discrecional de las más depravadas fuerzas policiales que garanticen el pensamiento único para la supervivencia del único partido.

A diferencia de los signos, objetivos, fiables y frutos de la exploración médica, los síntomas constituyen el elemento subjetivo de la enfermedad del paciente. Los partidos de izquierda españoles experimentan esta dicotomía: se significan por su empecinamiento en alcanzar el poder y muestran la sintomatología de aferrarse al mismo a través de mecanismos militaristas y antidemocráticos que se extienden desde el referéndum ilegal a la reforma unilateral de la Constitución, atravesando las horcas caudinas del despotismo brutal que suponen los movimientos populistas. Todo ello jurando en falso ante la biblia de los derechos civiles (defensa de la igualdad, erradicación de la pobreza, trabajo para todos…), con la facinerosa promesa de eliminar injustificadamente la propiedad privada, oprimir a los medios de comunicación, enchiquerar a los disidentes o fomentar las persecuciones políticas que, ríanse del martirologio generado por Diocleciano.

La inminente celebración de elecciones primarias en el seno del Partido Socialista Obrero Español desentierra el fantasma de la supremacía. La supremacía de la izquierda más reaccionaria y brutal. El aparato del Psoe, que venía marcando las pautas desde el Congreso de Suresnes, ha entrado en astilleros. Aunque la deriva de la nave partidista era visible desde la dulce derrota de Felipe a manos de Aznar, la vía de agua del casco se materializó cuando Zapatero hizo como si timoneara la ya errática embarcación. A partir de ahí, a falta de argumentos, el izquierdismo zapateril echó mano de la prensa del movimiento de las subvenciones a fin de encontrar el eco que le negaba la ciudadanía. La aparición en escena de Pedro Sánchez supuso el apaga y vámonos de la credibilidad de esta formación centenaria. Hasta qué punto nadie le compraba la bici, que, pese a los miserables y nauseabundos casos de corrupción que nos regalaron, y nos siguen obsequiando, conspicuos miembros de la derecha española, el Partido Popular alcanzó muchísimos más escaños que el Psoe que mal lideraba el señor del no es no.

El problema del Psoe no es nuevo. Otrora se blanqueaba con los miles de cargos institucionales y subvenciones que se repartían entre los clientes más afines y con los porcientos de obras públicas al más mafioso estilo convergente y popular. Hogaño, perdidos los recursos gubernamentales, la distribución de prebendas es tan parca que las ambiciones de los privilegiados por años de mamandurria han estallado en la cara de los jefezuelos de la banda. En palabras de Quevedo, como “la bolsa les repica”, no tienen más alternativa que largarse a trabajar o firmar el paro o buscarse ofertas de partidos emergentes extraños.

Es lo que hay.  Si quieres, lo tomas y si no, lo dejas. Como las lentejas. Observen el signo objetivo: Susana, Pedro y Patxi no han dado golpe al agua fuera de su partido. Estudien el síntoma: se juegan el futuro propio de alto copete, so pena de recuperar el puesto de aguadores, correveidiles y chicos de recado que, acaso, nunca debieron abandonar. Cuál de los tres candidatos enarbolará la bandera de la izquierda bolchevique. Por los signos, los tres. Por los síntomas, don Pedro. Sánchez. En cuyo caso, que el todopoderoso nos coja confesados. El fantasma de la guillotina, de las checas y del exterminio, nos acecha. El pandemonio está aquí. Máxime con la mirada de buitre del voyeur Iglesias.

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