TERETES: Ciudadinos

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(Texto: Paco Velasco) La carrera de Albert Rivera va del trompicón al porrazo. No puede ser de otra manera. Sucede inevitablemente cuando se sabe lo que se quiere pero se elige lo que no se debe. La búsqueda de la compensación política es un porro encendido por la boquilla.

Eso de acercarse a Mariano mientras se coquetea con Pedro resulta tan desvergonzado como desplazarse siempre en el coche del amigo. A todo recoveco le llega su adarve. Detrás de la actitud aflora la negativa a compartir y se subraya en rojo el feo recibido. Su vida política se mide por el principio de la eficiencia. Primero yo y después el padre del yo. La empatía suele serle desconocida.

Rivera se ha hecho socio del club de los mentirosos compulsivos que han traspasado la línea de la hipocresía. Está a punto de inaugurar la sede oficial de las víctimas de sí mismos.

Uno, antiguo alumno de la gran Madame Ivonne Cazenave, tiene a Molière entre sus autores de cabecera. A él se atribuye aquello de autojuzgarse antes de condenar al prójimo. El amigo Rivera está recorriendo la vereda, peligrosa, que contempla el precipicio desde una atalaya que cree segura. Tonto él. Terminará besando las piedras pues le faltó honestidad para ser una estrella.

Si quiere reformar, acuda al Senado. Si posee conciencia social, muestre cómo paga su casa. En caso contrario, la esencia de su inmoralidad tornará el bálsamo en hediondez. El espejo de Pedrito Pablo arroja una imagen perjudicada.

La próxima cita, C´s se titulará ciudadanos. Apuesten.

 

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