Opinión: El “verdadero” papel de la mujer en la prehistoria

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(Texto: Francisca Martín-Cano Abreu) Querido Fernando Savater: Tras este verano leer tu biografía razonada “Mira por dónde” y rememorar el ídolo que fuiste a principios de la transición —modelo para las nuevas generaciones, como referente principal defensor de la ética—, se me ha ocurrido pedirte que respaldes mis investigaciones, —porque no quiero desaparecer de este mundo sin dar a las mujeres que buscan su pasado, un pozo de agua que las ayuden a empoderarse—.

Estado de la cuestión

Hace años yo era Ingeniera Técnica y creadora de algunos monumentos (como escultora Abreu), pero también estudié Psicología Clínica y era defensora de la causa del feminismo.

Ciertas circunstancias me impulsaron hace más de 25 años a investigar cómo se comportarían nuestros ancestros en la Prehistoria. Y tras acumular multitud de datos (de Etología, Antropología, Etnología, Mitología y más 5 mil obras de arte de la Prehistoria y de las culturas más arcaicas de todos los continentes), me siento orgullosa de haber descubierto —gracias a mi racionalidad matemática—, que:

1º: No existe ningún sustento científico para la creencia de que «el varón hubiese dominado y subordinado a la mujer desde siempre y en todas partes»; y desde luego, ningún dato ratificaba la creencia en la «superioridad masculina genética», ni tampoco en la «inferioridad femenina genética». Y menos aún en el estereotipo —que los intereses patriarcales se han encargado de implementar a fuego y sangre— de que «la profesión femenina más antigua fuese la prostitución», ya que desde la explosión del legado artístico en el Paleolítico y hasta la revolución patriarcal, el arte exclusivamente muestra lo Femenino, reflejando:

Tanto a la Diosa Madre Naturaleza (la más antigua divinidad inventada), o a la única humana que ejercía todas las profesiones (señal de que fue el primigenio género iniciador de la cultura y ejerció el poder en el panteón y en la sociedad), como: sacerdotisa, cazadora, recolectora, mitóloga, reina, escribana, jueza, descubridora de productos medicinales, médica, astrónoma, pastora, sacrificadora, partera, poetisa, música, bailadora, talladora de hueso y piedra, grabadora, alfarera, ceramista, escultora, pintora, aguadora, porteadora, agricultora, labradora, panadera, perfumista, curtidora, elaboradora de cerveza, vino, cesta de mimbre, orfebre, metalúrgica (de objetos de adorno y trabajo: corona, cinturón, collar, carro, hacha, arado, lanza, instrumento musical, moneda), plañidera, hilandera, tejedora, auriga, hipodamia, boyera, amazona, gladiadora, atleta, corredora, deportista, acróbata, y por supuesto madre y maestra (vinculada a sus hijos en familia matricéntrica y a sus congéneres en estrecha vinculación horizontal gracias a sus relaciones homosexuales).

Durante muchos miles de años únicamente protagonizó el arte lo femenino y antes de que la imagen del varón, solitario e itifálico o acompañando a mujer, apareciera al final del Neolítico.

2º: La multitud de datos multidisciplinares científicos que presento en mis publicaciones, constatan todas mis aseveraciones acerca de las exclusivas efigies femeninas encontradas; lo que evidencia el papel superior de lo femenino en la Prehistoria.

Y 3º: desmienten por tanto muchas de las deducciones de los prehistoriadores académicos. Enseguida emprendí mi derecho a informar —en Congresos de Arqueología hace unos veinte años— que el corpus de conocimiento que defendía el mundo académico prehistórico era una construcción que presentaba un pasado absolutamente manipulado. Y ello, gracias a que el abate Breuil, el padre de la Arqueología, impusiera sus prejuicios del paradigma religoso patriarcal hace unos 100 años, a inicios del nacimiento de la disciplina de la Arqueología de la Prehistoria como ciencia.

Él empezó a falsear multitud de datos, para conformar una insostenible realidad prehistórica y defender la existencia de un eterno Dios Patriarcal como si fuese ¡la verdad absoluta!; y el papel superior del varón y la subordinación femenina como si fueran características ¡genéticas creadas por Dios!); y los posteriores académicos han sido obligados a seguir afirmando sólo la visión estereotipada de lo que “la autoridad ha dicho” (la mayor lacra de la disciplina), sin permitirles la menor crítica ante las irracionalidades y contradiciones con los datos evidentes.

Por tanto, muchas afirmaciones que los académicos han repetido durante un siglo (sobre el protagonismo superior del varón en el arte prehistórico y el papel subordinado del género femenino al masculino), aunque son pretendidamente científicas, los datos analizados desde la objetividad, muestran que son justo lo contrario: construcciones androcéntricas. Ideas que siguen defendiendo en el siglo XXI, con la intención de mentir sobre la verdadera Memoria de las Mujeres, y eso es algo propio de personas poco escrupulosas.

Los prehistoriadores muestran no estar dispuestos a olvidar las falsificaciones

Pero a pesar de que mis deducciones son corroboradas por multitud de datos científicos de forma demoledora, nada ha sido suficiente para abatir la arrogancia ofensiva y el fanatismo androcéntrico de las “vetustas cátedras inmovilistas” —tanto de prehistoriadores varones, como de prehistoriadoras que se autocalifican de “feministas” (cuyas circunstancias de dependencia las han obligado a dejarme sola, ya que han preferido renunciar a su ética y venderse a la ortodoxia para tener trabajo, antes que sufrir represalias —prueba de que están amedrentadas y renuncian a sus principios y a su ideal de buscar la verdad—. Y todos como déspotas fortalecidos y conspiradores me hicieron sentir absolutamente desvalida, —tras sumarse a azuzar a los perros de presa para que me hicieran callar la boca—.

Así que como pionera, tras sufrir el desprecio de los que se hacen los desconocedores de la Verdadera (Preh)Historia Humana—, me tuve que ir a divulgar mis descubrimientos y a buscar apoyos en los lectores de cientos de artículos que publiqué durante veinte años en: Internet, revistas y libros. Mientras que los prehistoriadores académicos han seguido mostrando que no están dispuestos a abandonar las falsificaciones, y siguen defendiendo la muralla inexpugnable de la “legalidad académica prehistórica” construida, contra la que me sigo estrellando de continuo.

Y todo seguirá igual y nunca se producirá ninguna revolución, si el principio de autoridad sigue impidiendo la libertad de interpretación para cada generación en las disciplinas académicas de la Arqueología de la Prehistoria y de la Antropología. Y eso a pesar de que las circunstancias culturales actuales debería llevar a los interesados a tener una mirada diferente sobre los hechos antiguos. Desde luego que he encontrado: historiadores, antropólogos, prehistoriadores, periodistas, maestros, filósofos, piscólogos y diversos profesionales de ambos géneros que aceptan mis deducciones y críticas y me apoyan publicamente; pero juntos no tenemos la suficiente fuerza legal ni se nos considera con la suficiente fuerza moral para romper la intransigencia de los académicos, para que permitan el progreso de las disciplinas que estudian el pasado.

Dado que para conseguir modificar el inmoral, pero legal status quo de la Academia de la Prehistoria, se necesita ejercer muchísima más presión, me gustaría pedirte —como paladín de la ética y la libertad de pensamiento, lleno de generosidad y de capacidad para mover a las masas— que seas mi Capitán Trueno. Y que apliques tu racionalidad silogística para destapar las manipulaciones androcéntricas que los prehistoriadores siguen cometiendo aún en el siglo XXI.

Espero que cuando se visibilice tu compromiso con mis descubrimientos, contribuirá a que se involucren muchos más periodistas y medios de comunicación; las asociaciones de defensa de lo femenino dejarán de lavarse las manos; y el espíritu de reivindicación se contagiará a otros intelectuales humanistas y resto de los filósofos éticos como: Victoria Camps, Cinta Canterla, Ángel Gabilondo, Purificación Mayobre, Javier Sádaba, Victoria Sendón… (aunque algunos ya los he ganad, para presionar conjuntamente. Porque el progreso ético de esta disciplina no es sólo asunto mío, sino también de toda la sociedad. Y así será más fácil convencer a los dictadores que es llegado el momento de que se produzca su metamorfosis: olviden los dogmas inaceptables construidos del pasado de la humanidad —en los que han sido condicionados desde estudiantes y que han defendido ciegamente—; adquieran la capacidad de razonar y el sentido ético suficiente que les lleve a reconocer sus errores y a evolucionar; abandonen el terrorismo androcéntrico —que les ha llevado a intimidar a los revolucionarios—; y dejen de oponerse al progreso y de cohibir el espíritu de libertad de las nuevas generaciones de estudiantes (dado que hasta ahora los han conducido fatalmente hacia la ceguedad y fanatismo).

Y juntos conseguiremos que llegue la revolución ética a la disciplina de la Prehistoria y se extiendan esos conocimientos a toda la sociedad. Gracias a ello, muchas humilladas mujeres disfrutarán del orgullo del pasado glorioso de sus ancestras y con la autoestima más alta podrán reconquistar y participar del poder, en igualdad con los varones.

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