VENTANA DEL AIRE: Yo nunca había hecho algo así

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(Texto: Juan Andivia) Algunas veces surge el título antes que el texto; y ésta ha sido una de ellas, “Yo nunca había hecho algo así”: He oído tantas veces esa frase y en situaciones tan distintas.

Normalmente no denota arrepentimiento, sino sorpresa, desconocimiento de uno mismo y cierta alegría por haber descubierto algo que no se sabía, pero que gusta u horroriza.

El Chavo del ocho decía: Fue sin querer queriendo, y a esa actitud de caminar hacia donde se cree que lo mismo no se llega, pero si se llega, bueno; a esa disculpa obligada, incluso ante uno mismo, pero que no acaba de reconocer lo impertinente; a ese Que me quiten lo bailao, aunque a ver qué pasa ahora; o Anda, pues no creía que lo pudiera hacer, en este caso, con matiz complaciente; a todo eso me refiero.

Es evidente que no nos conocemos lo suficiente, ni lo necesario. Lo primero puede ser, como decía Carl Jung, robarle la inconsciencia a algo, ya que, como naturaleza que somos, no deberíamos ser conscientes, como no lo son el agua, ni la luz, ni los pájaros azules de su belleza. Lo necesario es para vivir en paz.

Si existen los coaches, mindfulness, psicólogos de pago y facultativos varios será porque lo exige la demanda y quien lo necesite y no sea tan engreído como yo deberá acudir, pero lo cierto es que el “Conócete a ti mismo” del Oráculo de Delfos (gnóthi seautón, en griego; nosce te ipsum, en latín), sea de Heráclito, Quilón, Tales, Sócrates, Pitágoras, Solón, o de quien fuera parece la máxima imprescindible para comprenderse y comprender a los demás, para vivir en la sociedad o para alcanzar una tarea aparentemente fácil y verdaderamente difícil.

Yo sí he hecho antes algo así. Lo confieso, aunque ignoro ahora el qué, pero siempre me parece esta sorpresa-disculpa-anticipo a no vayas a pensar que… innecesaria y, por lo general, inconveniente.

Si soy un adulto, lo seré con todas las consecuencias, incluso de las causas de mis actos; y si lo que me impulsa a decir que no lo había hecho antes es una explicación, entonces es que me espera el terapeuta o que he descubierto finalmente ese yo verdadero que lo que llamamos educación había dominado, con toda probabilidad.

Y esta digresión viene porque estas excusas, que se usan cuando ni hacían falta ni se les esperaba, verbalizan justificaciones que se dirigen, en realidad, a nosotros mismos. Así que ojalá nunca dejemos de sorprendernos y, si nunca habíamos hecho algo así, ya iba siendo hora de hacer por última vez las malas acciones y de repetir las buenas que, como decía el paisano Séneca, “No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas”.

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