VENTANA DEL AIRE: Los textos pequeños hacen lectores pequeños

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(Texto: Juan Andivia) Ayer me acerqué a unas jóvenes que rozarían los veinte años, en una librería de un centro comercial. Hojeaban libros de Irene X, Carlos Salem, Marwan y otros llamados poetas de la generación digital. Total, por nombres que no quede.

Les pregunté por lo que buscaban y, para empatizar, les hablé de Sara Búho y de Elvira Sastre, ya que la reacción primera fue darme unas clases sobre esta escritura nueva. Cuando vieron que conocía, incluso en persona, a estas autoras, pasaron a una especie de veneración estúpida y, especialmente cuando les dije que fueran a verlas, si venían a Sevilla. Interpretaron entonces que yo sabía fecha, lugar y hora e intentaron sonsacarme, quedando finalmente en que les transmitiera que aquí tenían muchas admiradoras.

Como me parecía no estar jugando limpio, las dejé ojeando y ligeramente asombradas, supongo que por mi edad y mi aspecto, tan normal.

A la Sastre no la he saludado personalmente, aunque escribí sobre ella y me lo agradeció epistolarmente y con la Búho he coincido una vez. Esta es mi relación, además de ser también uno de sus lectores, aunque un poco cansado ya de obviedades, tatuajes y frases de amorcitos. Las he seguido como sigo a algunos de sus coetáneos de las redes.

En un principio, me parecía que esta fiebre había despertado la poesía entre la juventud o, mejor dicho, a sus lectores, pero ahora pienso que no, que ha estimulado la parte más cursi de una adolescencia, ávida de que le hablen en su idioma. Para quienes no han cumplido los treinta, con el bagaje escaso de conocimientos teóricos y de autores clásicos (llamémosles así) que tienen,  encontrar frases que expresen sus amores y desamores, su sentido pesimista de la vida y alguna transgresión en los títulos ha sido un gran descubrimiento. Y, además, en sus formatos, es decir, lo que toquetean todo el día en el teléfono móvil. Sé que, por lo general, ni siquiera usan la pantalla de un ordenador para disfrutar de los textos que, posteriormente, compartirán.

Existe, por tanto, un hecho claro. Cierta clase de literatura les llega, y a través de unos canales sin papel, aunque algunas editoriales como Origami, La bella Varsovia, Arrebato o ediciones Liliputienses, entre otras, se han dado cuenta de que, tras esa veneración, existía un fetichismo seguro y querrían, como alardean con entusiasmo, poder tocar el continente de esos versos (conviniendo en que fuera el libro impreso) y editan y editan con el criterio único de la cantidad de seguidores en twiter.

Es evidente también que se desea “consumir” sentimientos, espíritu o lo que sea; y por medio de la palabra; pero los caracteres contados hacen que no se vaya más allá y se termine por olvidar las verdaderas obras maestras.

Lo que ya no parece comprensible es que no se aborde el estudio de las letras desde ese terreno común, que lo será en cuanto al profesorado se le dejen de caer los anillos por tratar a algunos de estos autores en vez de intentar que a un alumno de trece años les guste el Mío Cid.

Quizá sea únicamente cuestión de objetivos: el programa o el futuro, empezar para llegar a Quevedo o descarrilar en Gonzalo de Berceo.

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