VENTANA DEL AIRE: Los fermines

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(Texto: Juan Andivia) En las romerías de nuestros pueblos se bebe, se invita, se come y se baila y alguno hay siempre que aprovecha para otros excesos, o muchos. También están las ferias y fiestas, asociadas al patrón o patrona (qué curioso, se ve que para proteger o mandar sólo servía el masculino), pero lo de los sanfermines es distinto, seguramente a conciencia y como seña de identidad.

Del mismo modo que la mayoría de las tradiciones, proviene de la Edad Media y de las antiguas ferias de ganado; y lo del santo es historia aparte y romana. Cada uno se coloca al abrigo de la advocación que le parece o que le viene bien. En este caso, Fermín era hijo de Firmus, senador de la ciudad romana de Ponmpaelo, hoy Pamplona, que se fue a Toulouse a predicar y, más tarde, lo degollaron con sable.

Correr delante de un toro o de veinte no está bien ni mal, si no fuera porque lo que se pretende en el fondo es burlarlo, eso sí, de manera menos agresiva que embolándolo con guata o lanceándolo hasta la muerte. Finalmente, esos animales acaban en la plaza y el remate es el mismo. Cuando por las mañanas se retransmite el encierro, me quedo con la curiosidad de que si lo que se espera es que no haya ningún corneado o de ver cuántos caen ese día.

Los héroes locales han sido sustituidos en esta edición y el pueblo navarro está molesto. Antes, ver a la chica que se levantaba la camiseta o el toqueteo impune era un aliciente para los salidos de todas partes; creían que eso era la libertad, hasta que la prensa ha aireado el abuso, los derechos, las sentencias judiciales, la intimidad, los movimientos reivindicativos, la verdadera situación de la mujer ante los machitos de todas las latitudes y ha dejado en segundo plano la su- puesta valentía de los corredores y el alcohol como desinhibidor casi legal.

Miren, estas fiestas siempre han tenido tres caras, la de la economía, por la que se accedía a todo, la del exceso, que era un atractivo y la de la curiosidad. Y sigue igual, aunque se vaya de negro o de blanco. La invitación es a extralimitarse en todo lo que se pueda.

Cuando Ernest Hemingway publicó su novela The sun also rises, de 1924 (traducida por Fiesta), podía añadirse el folclore, una desmesura similar a los carnavales, que forma parte de su origen y el colorido de un país digno de visitarse; pero ahora, que todo se sabe y que, por fortuna, mucho se denuncia, las barbaridades han salido a la luz y a los navarros no les gusta. No es como nuestro Rocío, donde todo el mundo reza, es devoto, fiel a sus esposas, no se cometen faltas y no se maltrata animal alguno.

A lo mejor, si las celebraciones fueran lo que anuncian ser, quizá entonces sería verdaderamente extraño que se cometieran abusos, pero empezando por el escarnio a los toros, todo en estas fechas es exageración, demasía y, lo que es significativo, una llamada a la transgresión. No sé de qué nos extrañamos.

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