TERETES: Traditori/Traduttori

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(Texto: Paco Velasco) A veces cuesta escribir con propiedad sobre temas familiares del propio idioma. La escritura se torna más difícil si se acomete el significado de términos relacionados con disciplinas científicas o estrictamente mercantiles. Qué les digo cuando nos referimos a conceptos jurídicos. Y para qué les cuento si se trata de traducir a nuestra lengua o a la del destinatario extranjero. Los servicios jurídicos del Tribunal Supremo tienen el encargo actual de traducir fielmente al español el “auto” (resolución judicial) del “tribunal” (a saber la acepción) regional alemán antes de adoptar una decisión sobre mantener o retirar la “euroorden” (palabra inexistente en el Diccionario de la Real Academia) contra Puigdemont.

El encabezado del comentario responde a la concausalidad etimológica y semántica de dos términos: traditori (traidores) y traduttori (traductores). La idea del traductor como traidor, por ineficiencia, por ignorancia, por maldad o por otras razones, está más que presente cuando se traslada un escrito de la jurisdicción de un país a otro de distinto idioma o cuando se interroga a un testigo cuya lengua desconocen tanto el juez como el fiscal o los letrados. Me dirán que ya existe un servicio oficial y normado que rige el nombramiento y actividad de los Traductores-Intérpretes Jurados (sic) por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación. Muy bien. Y qué. Y cuántos errores se han cometido en nombre de la medicina o de la historia a causa de una sola frase.

Recuerden “La tesis de Nancy”, exquisito y sugerente libro del gran Ramón J. Sender: “una guerra de gorilas es, en realidad, una guerra de guerrillas”; “La cochiquera no deja de ser una pocilga” y “el gorigori se refiere a un canto lúgubre en los entierros”. Y, por fin, trascendiendo a Sender y a su Nancy, si se dirigen a un juez en Vista, pueden decirle que actuaron así “por huebos”, sí con “b”. En cuyo caso, apresúrense a explicar al magistrado que se han atrevido a esa licencia retórica a sabiendas que significa “por necesidad”. Deben darse prisa porque el rapapolvos de la alta autoridad juzgadora puede ser de padre y señor mío. Y rapar no significa, en este caso, rasurar el pelo (no obstante, se le puede caer a causa de la áspera reprensión) ni polvo alude a menudísimos residuos (si bien te pueden hacerlo morder hasta el desgaste final).

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