Andrés Romero, Puerta Grande a media plaza en Huelva

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(Texto: Javier García Baquero)  Toros de Los Espartales de correcta presentación y pésimo juego, sin alma, sin casta sin bravura. Media plaza larga en tarde de buena temperatura. En algún momento un delincuente saltó al ruedo, No damos nombres ni apellidos, ¡Faltaría Más!

Andy Cartagena: Ovación y oreja

Diego Ventura: Ovación y oreja

Andrés Romero: Ovación y dos orejas

Era una característica de Huelva, la de rejones era un “bolón” que dicen ahora los milenials, que son los que vinieron detrás de los “ninis” y delante de lo centennials. Este año ha sido un fracaso en la entrada, ya lo dice Diego Ventura: “Me llaman para salvar las mismas plazas que ellos han reventado por no ponerme”.

Esta diatriba de las nuevas tribus urbanas formada por jóvenes nacidos desde los 90 son el mercado potencial a medio plazo de las plazas de toros. Hoy he visto a muchos jóvenes de entre esos 15 y treinta y pocos en la plaza, se han gastado entre 32 y 111 € y han presenciado el espectáculo deplorable de una corrida de rejones donde el ganado pasado de kilos y falto de bravura no embestía, se echaba, y miraba pasar a unos caballeros rejoneadores que desfilaban por delante de sus mismas narices sin riendas en los caballos, andando sobre los cuartos traseros o pegando caballazos a galope tendido o galope corto. El año que viene querremos que vengan, son “ninis”, “milenials” o “centennials” pero no son gilipollas, al menos no todos son gilipollas, y no volverán a venir en su mayoría, digo yo. Los estamos echando.

Es difícil describir lo que ha pasado esta tarde en La Plaza de Toros de Huelva sin usar adjetivos descalificativos para un arte, el del rejoneo, que amamos y que vemos necesario en la fiesta brava actual como una tauromaquia que parte de una de las evoluciones del juego del toro de la cuenca mediterránea. Nos ponemos a la labor con afán de construir.

Andy Cartagena volvía a Huelva después de varios años de ausencia y demostró que sigue siendo el mismo que monta y manda con espectacularidad sus monturas, igual las apaloosa que las cruzadas europeas. Hizo de todo, desde lo más clásico a poner el caballo de pie sobre sus cuartos traseros como un perrito de feria. Todavía no sabemos en base a que arcano del reglamento el presidente no le dio las dos orejas del cuarto de la tarde y la oreja del primero. Se llevó sólo una.

Diego Ventura es el número uno del escalafón de rejoneadores indiscutble, una pena por su raza de torero, su afán de lucha y sus maneras de mandón, una pena, decimos, que no tenga enemigo que le aguante el pulso. En el primero formó un tangai importante con Nazarí y Lío, una pena que el rejón de muerte no fuera certero al primer encuentro y todo se complicase. Tomó cumplida venganza en el quinto, volvió a sacar a Nazarí y a Gudalquivir y a Remate y sacó la garrocha de inicio y puso un par a dos manos colosal, faena de rabo en Huelva, pero otra vez se enredó con los aceros.

Andrés Romero es el torero a caballo que se llevó la tarde, nos alegramos porque el de Escacena es un ejemplo de fuerza de voluntad, busca el triunfo con ganas y en esta ocasión, con Kabul en el primero, que marró con la muerte y con el clásico y expresivo Guajiro en el segundo, logró la conexión con su plaza. Brindó al empresario de Huelva Carlos Pereda y a sus coapoderados españoles y portugueses y puso todo lo que le faltó a la desastrosa corrida de Espartales. Alma, bravura y casta. Romero las tiene a esportones, dos orejas y otra Puerta Grande de la Merced en su currículum. Que le sirva

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