VENTANA DEL AIRE: Jóvenes con bolsas de plástico

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(Texto: Juan Andivia)  Por esas noches que ahora llaman juernes, y por los dos días siguientes, faltaría más, circulan por las calles muchos chicos y chicas, con bolsas de plástico, que luego abandonarán en cualquier parte, en las que transportan botellas de refrescos y alcohol. Las pócimas preferidas son ginebra, güisqui y, a veces, vodka u otros: Son los prolegómenos de la gran diversión, del pretexto para hablar y ligar que, en ocasiones, se limita a una ingesta involuntaria, atiborramiento, vomitera, pelea, pérdida de conciencia y, por desgracia, llamadas a urgencias y familiares. No, no les ocurre a todos, únicamente a los más desesperados, novatos, abusados, débiles y chulitos; y a las desprevenidas; y a quienes quieren fardar ante sus chorbis.

El porcentaje no es alto, verdad; porque aunque digan ser ecologistas y destrocen los parques, defiendan la salud y se malcuiden, crean que lo importante no es el físico, pero sigan viendo “Hembras y machos y viceversa”, cada noche y cada mañana la gran mayoría regresan a sus casas sin otro perjuicio aparente que perder el medio día siguiente durmiendo hasta las dos.

Los más infelices terminan sin saber qué pasó y sin recordar nada; bueno, apenas que compartían la chicha que trajo aquel colega o el costo de calidad indemostrable.

No es la juventud. O sí lo es. Porque cuando los demás teníamos esas edades, hacíamos lo mismo, sólo que en casa. En vez del maletero de un coche, le pedíamos permiso a los padres, que nos dejaban solos, abríamos el salón y poníamos el tocadiscos; y también se sufrían consecuencias parecidas, porque se quería beber más de la cuenta, por novelería, para fanfarronear, para que quien te traía de cabeza se fijara en ti. Era mucho mejor, porque después de unas tapillas que ofrecía el anfitrión o que se llevaban de casa, se bailaba y de esos guateques salían no pocas parejas.  No todo el mundo hacía lo mismo, ni ahora tampoco.

Hoy se argumenta que la razón es el precio de los restaurantes, pero no es cierto, ya que a veces el botellón o la botellona es el preludio de una discoteca (algo más que un lugar para oír música estridente y “perrear”), en la que también cuesta la entrada y las copas; y mucho menos lo es en verano cuando las salidas suelen ser después de la cena.

En muchos pueblos se alquilan garajes desde octubre para usarlos en navidades y, ya que los tienen, se reúnen allí los fines de semana. Los jóvenes no son tontos, pero lo parecen cuando van con sus faldas cortas, sus taconazos y esos zurrones horribles verdes o amarillos del mismo polímero no reciclable que acaban de estudiar en bachillerato.

Verdaderamente mi disconformidad es primero estética, ya que me resulta chocante ver a niñas y niñatos juntos, instruidos y zoquetes reunidos, con una botella de mal bebedizo entre las manos, compartiendo un aparcamiento ferial, o un espacio público y, lo que es mucho peor, creyendo que es lo que hay que hacer ahora.

En segundo lugar, como amante de la buena bebida, me parece lamentable que se reduzca lo que constituye una verdadera cultura a un incentivo para ponerse a punto.

Y, en tercer lugar, a esta juventud, a esta generación milenio (“millennials”) le pido más personalidad. ¿No hay nada que hacer, que planear, que inventar para empezar la noche? Sería estupendo que no cayera en errores tan antiguos como estropearse el hígado o las neuronas.

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