LABERINTO SOCIAL: A hostias con el maltrato

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(Firma: Federico Soubrier)  En realidad ha pasado mucho tiempo desde que escribí y presenté en la casa Colón un ensayo sobre la violencia de género, allá por el 2011. Lo titulé “A hostias con el mal trato, cara y cruz de la moneda” y con él pretendí explicar que el sistema alienta a denunciar a las mujeres que son víctimas de la violencia de género pero después no las protege, dejándolas, si cabe, en peor situación que la inicial. Eso sí, alrededor de esa profunda lacra social se movían ingentes cantidades de dinero que apenas revertían en las víctimas.

Desde Bruselas contactó conmigo un diputado español quejándose de que no hubiese hecho alusión a los hombres que la sufrían, a lo cual le contesté que no era el caso, que el libro era mi respuesta a la petición de una joven que me propuso que investigase y relatase aquel problema que ella vivía en sus propias carnes, mientras me enseñaba lo que tenía que llevar en su bolso para defenderse.

Ciertamente, la Ley desvía las agresiones a los hombres por sus parejas al tratamiento de violencia doméstica, bien por la asimetría de cifras, altamente significativa, o bien por las características biológicas o sociológicas del hombre, lo cual no deja de ser un profundo problema a estudiar, tratar y paliar.

Me da la sensación de que cuando el PP se hundió emergió desde el fondo su balsa salvavidas para mantener a flote a la derecha ya sin disfraz de centroderecha, de ahí el beneplácito de Aznar en sus apariciones, que después del informe Chilcot ya se podía quedar en su casa.

Me cuesta creer que la ultraderecha se preocupe por el maltrato hacia el hombre y pienso que sus peticiones en Andalucía enmascaran un ataque al avance de la mujer, quedando más que demostradoque las denuncias falsas, estadísticamente no superan el 0,001 %, sin olvidar que también duplican a los hombres en casos sufridos por violencia doméstica de otros familiares.

No me encaja que psicológicamente el perfil de los ultras se preocupe por hombres agredidos por sus mujeres o parejas, sí que proponga expulsar 52.000 inmigrantes o eliminar las ayudas a las asociaciones, entre ellas las feministas y ONGs. Raro que alguien quiera gobernar en una autonomía que pretende eliminar. La única lanza que puedo romper en su defensa es que son los únicos que dicen los que realmente piensan hacer.

Puedo entender la preocupación por la cinegética e incluso la tauromaquia, pero me parece una pasada ese tipo de demagogia cuando tenemos una tasa de pobreza que supera el 22% de la población española.

Salto el charco y me voy a Brasil, donde el fanático ultraderechista Bolsonaro pretende acabar con la ideología de género a la vez que despedir a todos los funcionarios que no comulguen con sus ideas.

Soy consciente de que nos quedan muchas barbaridades que oír y que ver, pero no quiero tener que darle jamás la razón a Winston Churchill con aquello de que “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, sería el fin de cualquier ápice de esperanza.

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