EL TEMPLETE: La incultura onubense. Por César López Perea

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ES IMPOSIBLE; esta tierra está llena de gente sin el más mínimo interés por hacer las cosas bien. Y no lo comentamos por los cientos de personas con criterio, ganas de luchar y trabajar, con formación – sea del tipo que sea –, enormes pensadores, amantes de lo bueno del ser humano, individuos con juicios y razonamientos reales, autores y creadores, donde no se habla de cuestiones superfluas, sino de la constante desidia que atiborra nuestras esperanzas de que este lugar se siga llenado de nada, de vacios integrales y de injustos pobladores a los que solo les importan ellos mismos.

Ese es el calificativo que lo viste todo: el egoísmo. La mayoría de las circunstancias están atestadas de este apestoso indicio de abandonado de lo que no tenga que ver con uno mismo, siempre pensando en que nuestros ombligos estén bien protegidos, mientras que los demás se vayan aviando como puedan. El problema estriba después cuando nos visitan a nosotros esas situaciones a las que nunca le prestábamos atención mientras que no nos toca. Hasta ahí, todo normal. Ya llegará el momento de quejarnos y de exigir todo lo exigible.

Es lamentable; durante años, y lo aseguramos con una de las mayores sinceridades, hemos tenido un espíritu constructivista, repleto de llanas intenciones y desde la fe en creer en el ser humano como elemento de un correcto uso de su inteligencia. Pues desafortunadamente, no es así. Además, no creemos que esta situación se de con exclusividad en Huelva, sino que podemos asegurar que es un mal general, espacial y temporal.

Cuanta tristeza constante en tantos y tantos sujetos que son insufribles, que en pequeños gestos demuestran la necesidad de cambiar en sus actitudes y comportamientos. Incluso piensan que su modo de actuación es el correcto, ya que no conocen que pueden hacerlo de mejor manera. Ahí está la contienda, en que estos solo viven para defenderse de ataques, que encima la mayoría son ficticios; el caso constante de la escopeta cargada.

Es muy difícil; por mucho que uno lo intenta, más cuenta te das de que es una auténtica utopía. Y la incertidumbre más grave: ¿cómo estamos educando a nuestros hijos? Pues la respuesta es bien elemental y concluyente; para esto vamos a tirar de tópico, y diremos que los niños son esponjas. Aprenden de todo y lo aprenden todo de nosotros. Así es que es factible pensar en cómo serán algunas generaciones venideras si lo que hacemos es continuar con esta postura.


Pensamos en un alto grado quienes son los que llevan todo esto para delante; y nos es dificultoso averiguar quién lo llevará. Ya que es época de Carnaval, quítense las mascaras y muestren bien las cartas. Si los que tienen cierta repercusión social, sea del tipo que sea, se comportan mostrando exclusivamente intereses propios, muy mal vamos. Es lo que tiene pensar en los demás, que te preocupas a veces en demasía.

Imaginamos que se plantearan que para que pensamos en eso; pues eso nos lo cuestionamos muy a menudo. La verdad es que nos sentimos a veces de una forma, y otras de otra. A ver hasta donde somos capaces de llegar, porque el pesimismo es enorme, y las ilusiones están muy tocadas.

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