La Cárcel acoge la Cruz y el Icono de la Jornada Mundial

0

“Estuve en la cárcel y me visitaste…” Esta frase del Evangelio según San Mateo resuena de forma especial en el corazón de los internos del centro penitenciario de Huelva, donde ha sido acogida, en la mañana de hoy, la Cruz y el Icono de la Jornada Mundial de la Juventud.

La Cruz que, en el Año de la Redención (1984), el Papa Juan Pablo II pusiera en manos de los jóvenes con estas palabras: “Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención”; ha llegado hasta estos, aproximadamente, doscientos reclusos y reclusas para abrazarles y darle consuelo en medio de la privación de su libertad. La Cruz que no hace acepción, ha mostrado a los presentes que todos somos solidarios en el mal y, por tanto, necesitados de ser redimidos a precio de la sangre del único Inocente.

Esta Cruz no trae justicia humana, sino misericordia infinita para aquellos que depositan, confiadamente, su esperanza en Aquel que, pendiente en ella, atrae y acoge a todos. Esta Cruz desnuda, acompañada del rostro materno del icono de Santa María Salud del Pueblo Romano, que, ante el único Justo, todos somos igualmente dignos e igualmente necesitados de Salvación.

Cuando las puertas que dan acceso al patio interior del centro se abrieron: de un lado un grupo de sacerdotes y jóvenes de la Diócesis portando la Cruz y el Icono, del otro lado el equipo de pastoral penitenciaria, con los internos que acogieron la cruz, tomando el relevo. Entonces la entronizaron a lo largo de un pasillo que recorría todo el patio, hasta el centro cultural del recinto. Un pasillo de honor de internos e internas cuyos ojos brillaban emocionados.

Una vez dentro, en el salón de actos, los presos, voluntarios, celadores y personal auxiliar, recibió con un fuerte aplauso la Cruz y el Icono, depositados en un improvisado altar. La ambientación, en medio de la oscuridad, el brillo de cientos de pequeñas velas que iluminaba tenuemente el rostro de los reclusos emocionados mientras daba comienzo el rezo del Vía Crucis. Como fondo, las hermosas estampas de la pintora Teresa Peña Echeveste, haciendo emerger de la oscuridad la Luz redentora del camino del Calvario.

Cerrando el acto, las palabras de nuestro obispo, José Vilaplana Blasco, en las que señaló a la Cruz como símbolo de perdón, de reconciliación y de paz. Junto a ella, recordó las palabras de uno de los internos que habían conducido la oración: “Señor, en tu pobreza vemos nuestra pobreza”, y tomando la imagen de Jesús despojado de sus vestiduras, estación contemplada anteriormente en el Vía Crucis, dijo:

“Cristo en la Cruz parecía ya no tener nada. Estaba desnudo, crucificado, pegado a la Cruz, insultado, menospreciado y a punto de morir. Parecía que a Aquel condenado a muerte ya no le quedaba nada que dar. Y, sin embargo, desde la Cruz, qué tres regalos más grandes nos hizo. Nos regaló a su Madre, como Madre nuestra.

Después, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu. Aún siendo Hijo de Dios, probó la muerte. Pero también significa que nos regaló su Espíritu. Nos regaló esa capacidad de amar que Él tenía y tiene, para que nosotros, acogiendo el Espíritu de Dios en nuestro corazón, seamos capaces de amar aún en las situaciones más difíciles… No hay situación dura y humanamente difícil que no pueda ser trasformada por el amor… Dios te ama y Cristo ha dado la vida por ti. Nadie te ha amado más que Él. Y ese amor es el que nos da vida… El amor de Cristo es más fuerte que la muerte. El amor que Él nos ha enseñado es más fuerte que la mentira. Su Bondad es más fuerte que el mal.

Y el tercer regalo que nos hizo: Después de expirar, cuando el centurión atravesó su costado con la lanza y de su costado abierto manó sangre y agua, es el signo de que la puerta de su amor queda abierta para siempre. No se cierra jamás y se convierte en una fuente que purifica. El agua del bautizo, el agua de su perdón, el agua que nos regenera… Y la sangre, que es el signo de la Eucaristía, que nos alimenta, que hace presente verdaderamente a Cristo, escondido en el pobre Pan y el humilde Vino. Ahí está Él, haciendo actual su promesa de estar con nosotros todos los días hasta el final del mundo”.

Cuando llegamos de nuevo a la puerta del corredor de salida, los internos, parados en el límite marcado por la seguridad del centro penitenciario, despidieron con un aplauso la Cruz y el Icono, con sus brazos extendidos saludando al obispo, quienes sienten su pastor cercano y amado, y a quienes habíamos tenido la dicha de compartir con ellos tan emotivo acto. Lanzando besos y sonrisas, como si sus corazones ensanchados lograran trascender los barrotes de su prisión.

Héctor M. Sánchez Durán

Departamento de MCS – Diócesis de Huelva

Compartir.

Leave A Reply

Las cookies de este sitio web se usan para personalizar el contenido y los anuncios, ofrecer funciones de redes sociales y analizar el tráfico. Además, compartimos información sobre el uso que haga del sitio web con nuestros partners de redes sociales, publicidad y análisis web, quienes pueden combinarla con otra información que les haya proporcionado o que hayan recopilado a partir del uso que haya hecho de sus servicios. Ver detalles

ACEPTAR
Aviso de cookies