Esperanza y Victoria en la Pasión

0

Hermandad de la Esperanza.

(Texto: Enrique Seijas)  Fueron mis padres quienes me enseñaron a tenerle devoción a la Virgen de la Esperanza. Él recuerdo que se arrodillaba ante su hornacina, en la vieja iglesia de San Francisco, y se quedaba muchos minutos en silencio, mirando la imagen, quién sabe ensimismado en qué pensamientos por las circunstancias de una vida que sólo al final le fue algo favorable; ella porque pasaba largos ratos, cada cambio de ciclo litúrgico, vistiéndola en compañía de otras camareras con mi hermano y yo como sorprendidos testigos muchas veces del rito.

A la Victoria, eterna rival en las tantas veces extrañas convicciones de los cofrades jóvenes, educados en la competencia antes que en la comprensión y la pluralidad, fue una persona muy querida la que me hizo quererla bastantes años después y con ella la acompañé a veces durante su recorrido por el barrio del Matadero. Fue entonces cuando el Miércoles Santo, para mí, cambió de sentido de forma radical, máxime al valorarlo desde la perspectiva del periodismo y porque las enseñanzas de mi recordado amigo y compañero Domingo Gómez ‘Flery’, en ese campo y en otros, resultaron decisivas.

Para mí la Esperanza, durante mi última etapa en Odiel, era la madre bondadosa a la que recurría siempre que tenía dificultades, el ser intangible que sin embargo sabía estaba ahí, a mi lado, y me mantenía iluminada la fe en que todo había de cambiar a mejor; la Victoria, en cambio, era un símbolo del triunfo de la perseverancia, algo que constaté apenas seis años después de mi partida, cuando tuve el honor de participar en un acto de hermanamiento con la hermandad de la Virgen de la Victoria de Granada, que allí acompaña, de blanco, a la Santa Cena Sacramental, y la sentí más cerca que nunca.

Brillante evolución

De cualquier modo ha evolucionado mucho la Semana Santa de Huelva desde aquellos ya lejanos tiempos durante los que, todavía, los costaleros recibían un a modo de salario por su esfuerzo bajo los pasos y las juntas de gobierno de las cofradías apenas se ocupaban de ellas hasta que se aproximaba la Cuaresma salvo en los obligados cultos de onomástica; desde que se decía, por algunos, aquello de que no empezaba de verdad la Semana Santa hasta que se encontraban en la calle los palios verde y celeste de las dos reinas del Miércoles Santo, cuando sus respectivos barrios se llenaban de gente que acostumbraba a caminar de espaldas, para mirar de frente a las dolorosas, actitud que se parecía más a una costumbre aprendida que a un gesto de fervor sincero.

Porque antes que Esperanza y Victoria hay tres días intensos de estaciones de penitencia que llenan de saetas y plegarias las calles de la capital onubense; tres días durante los que la Borriquita, la Cena, los Mutilados, igual que antes, y la Redención hacen que el Domingo de Ramos brille con luz propia en medio de una multitud alborozada por el comienzo de las procesiones; o el Cautivo, Calvario y Tres Caídas que hacen del Lunes Santo una jornada muy especial, como la Lanzada, Estudiantes –de cuyos Cristo de la Sangre y Virgen del Valle soy privilegiado pregonero gracias a los buenos oficios como embajador de mi hermano Ernesto y su familia que es la mía¬, aunque ya era devoto merced al entusiasmo que demostraba Manolo Villegas cada tarde cuando acudía a recoger a su queridísima Isabel–, y Pasión –otra de las hermandades que siempre tengo presente gracias a mi muy querido amigo Vito Valle que me convenció de su grandeza y hasta me hizo hermano– consiguen que el Martes tenga luz y brillo propios sin nada que envidiar a los días considerados grandes.

Gloria compartida

Además de que Victoria y Esperanza ya no están solas, comparten gloria con el Prendimiento, y a partir de ahí, de esta noche mágica del Miércoles, hermandades antiguas y nuevas adquieren protagonismo por igual y llenan los recuerdos de miles de onubenses, residentes o no en Huelva, que llevan en su corazón las imágenes de la Oración en el Huerto –inolvidable Manolo Sánchez, siempre pendiente de los detalles más pequeños–, Buena Muerte –memorable salida de las Agustinas aquel Jueves Santo de mi pregón oficial– y los Judíos, o las del Perdón, la Misericordia y el Nazareno para ayudar en el tránsito de la encendida madrugada a una radiante mañana, con la Fe, el Descendimiento, Santo Entierro y Soledad, estos últimos que tantas devotas historias consiguen que se agolpen en mi cada año más selectiva memoria para recordar sólo aquello que me produce íntima y sincera alegría.

En fin, la Semana Santa no es sólo una representación plástica de la Pasión y Muerte de Cristo, del dolor que soportó su Madre, ni siquiera una conmemoración litúrgica con la que los seglares nos unimos a la gran fiesta del milagro de la Resurrección; no, para muchos, la mayoría me atrevo a decir, es también una especie de diario personal que se abre cada año cuando empiezan a brotar las primeras flores y muestra sus páginas en forma de gratos, idealizados y añorados recuerdos gracias a los cuales volvemos a vivir cada minuto al lado de personas a las que no hemos podido, ni querido, olvidar con el paso de los años.

Y todos esos recuerdos están indefectiblemente vinculados a una imagen de Jesús, a una de María o a ambas al miemo tiempo.

Compartir.

Leave A Reply

Las cookies de este sitio web se usan para personalizar el contenido y los anuncios, ofrecer funciones de redes sociales y analizar el tráfico. Además, compartimos información sobre el uso que haga del sitio web con nuestros partners de redes sociales, publicidad y análisis web, quienes pueden combinarla con otra información que les haya proporcionado o que hayan recopilado a partir del uso que haya hecho de sus servicios. Ver detalles

ACEPTAR
Aviso de cookies