Idea de la razón y los sentimientos

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Pintura ref. 231, 2011, óleo-lienzo, 27x35cm

(Texto: Bernardo Romero) A veces la pintura deja de ser simplemente lo que se representa para alcanzar a ser pura idea de un sentimiento, de un estado de ánimo o una reflexión sobre lo que te rodea. En absoluto debe la pintura considerarse una mera representación de las cosas, al menos desde los impresionistas para acá, pero sobre todo desde que los pintores vanguardistas nos legaran nuevos fundamentos sobre el lienzo o, como en el caso de Kandinsky, desde que nos legaran esos códigos escritos y editados.

En todo caso, para reproducir la realidad, con mayor o menor precisión, pero también con mayor o menor intención, estarían los nuevos instrumentos que reproducen con absoluta fidelidad todo aquello que podemos ver y hasta sentir. La fotografía, el cine luego y ahora todas esas nuevas tecnologías de la comunicación, sirven para eso y, como no paramos de ver desde la creación del primer videoclip, para mucho más. Hoy, también la fotografía, la imagen captada por artilugios cada vez más sofisticados, camina de forma paralela, por su propio sendero queremos decir, a las Bellas Artes, entre las cuales nadie duda en incluirlas. Pero, ¿qué ocurre con la pintura, es necesaria la pintura, las técnicas clásicas en su conjunto, en estos tiempos ahítos de tecnologías, de miríadas de imágenes que atraviesan sin mesura nuestro entendimiento y aún nuestras propias almas?

Para responder a esto, pero también para quedar atrapados irremisiblemente en el vacío insondable de la soledad de sus cuadros, está el trabajo de artistas como Juan Carlos Lázaro (Fregenal de la Sierra, 1962).

Está de nuevo el pintor extremeño en el espacio expositivo que uno de los principales galeristas españoles, Fernando Serrano, mantiene abierto en Trigueros: ahora desde las distancias. En esta amplia galería, y con una muy escasa presencia de público, se abría el pasado jueves 29 de diciembre una nueva muestra colectiva de algunos de los artistas que el galerista representa o tiene entre sus amigos: Peinado, Olegario, Ramírez – Vega, Nino Gañán, Xaverio, Haaberling, Manzano, Santana, Joao Castelino, Antonio Gómez…, así como una exposición individual compuesta, en la planta superior, por sólo cinco cuadros de pequeño formato y abajo en la sala principal por otras cinco piezas de similar tamaño e intención. Son fruto del trabajo artístico e intelectual de Juan Carlos Lázaro, el artista que hoy nos ocupa.

Naturalezas muertas y paisajes, que suelen ser sus temas preferidos, aunque en la intención, vienen a ser esa capacidad que muestra Juan Carlos Lázaro de mover a reflexión al tiempo que emociona e inquieta. Unas pinceladas imposibles para describir una situación del espíritu, una pintura que se desvanece delante de tus ojos, que juega a ser y a no ser. La luz atrapada en el lienzo inmaculado, rodeada por una gama cromática aparentemente simple, pero intensamente complicada, minuciosamente pensada y aplicada. Son cuadros que están y no están, que se sobreponen a lo que es tangible en ellos para explicar un estado del alma, una manera de entender el mundo que se evanesce a nuestro alrededor, que está y no está, según sea la capacidad de abstracción del espectador, según la intención que éste tenga también, su deseo de mirar más allá de las cosas para conseguir atrapar siquiera las sombras, el sueño de lo que a fuerza de ser tangible se esfuma, lentamente, casi sin que nos demos cuenta.

La pintura de Lázaro es así, enorme y sencilla: inabarcable en estos dos casos que no son contradictorios, que se complementan para poder encontrar la realidad de las cosas, lo que transmiten en última instancia: presencias. El objeto y su representación psicológica. El pathos si deseamos seguir la retórica de Aristóteles, la emoción en la obra de arte presentida para encontrarse con la del espectador, a la que excita. La emoción transmitida como entrega al otro. Amor, entonces. Un diálogo este que se establece con ese antedicho pathos: amor y muerte, sufrimiento por el amor pero también amor que sufre. Ahí está la razón de la pintura de Lázaro, encontrada de bruces con el sentimiento. Un discurso en apariencia imposible, pero que lo tenemos presente en la historia del arte y aún de la propia Humanidad. Razón contra romanticismo o quizás razón cargada de romanticismo.

Si tienen la oportunidad de acercarse a la obra que Juan Carlos Lázaro nos ha traído en esta ocasión a Trigueros, no dejen de observar el pabilo de una pequeña vela. Es en un lienzo que parece, sólo parece, no estar pintado siquiera, el artista ha tenido que realizar varias pinceladas para definir ese minúsculo pabilo en su absoluta profundidad. Si se acercaran, en otro de los cuadros, a la cerca y puerta principal de un cementerio, comprobarán como un ciprés situado a la izquierda, lo más notorio si vemos el cuadro a tres palmos de distancia, desaparece si osamos acercarnos a él, si nos atrevemos a pisar las distancias en las que sólo puede campear el artista. Razón y fantasía, romanticismo y equilibrio. Esto puede que sea el camino impresionante que nos muestra Juan Carlos Lázaro en su pintura, en su discurso tan concienzudamente planteado, tan minucioso y tan limpio. Una pintura que es, con absoluta rotundidad, pura idea de los sentimientos.

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