EL LABERINTO.
Sobre los toros.
[Javier Berrio]

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Javier BerrioArribados el verano y tantas fiestas españolas y andaluzas en las que la fiesta de los toros juega un papel tan central, debemos opinar y posicionarnos ante el dolor innecesario de los animales. Se podrá hablar y escribir tanto como se quiera sobre las excelencias culturales y antropológicas que debemos a las estampas toreras, del arte mismo que suponen las corridas de toros, desde el traje mismo y de las voladuras del capote, el paseíllo y los pasodobles; de la forma magistral de torear de este o aquel matador, del arte inquisitorial de aquel toreador, de las maneras artísticas o valientes de unos u otros; de cómo el toro responde a los requiebros del maestro o como se queda varado sin ganas de aproximarse a la muerte. Incluso, para terminar, del ser o no ser del toro de lidia si desapareciera la tan traída y llevada fiesta nacional e incluso de lo atávico de dicha usanza.
Durante tiempo mantuve una posición equidistante entre los partidarios de la fiesta y los anti taurinos entendiendo que el evento debería ir evolucionando hacia formas menos cruentas, desaparecer de las televisiones públicas primero y de las privadas después, confiado como vivía en ese idealismo que entiende que la misma sociedad evolucionará hacia posiciones abolicionistas. Pero esa sociedad precisa de modelos que seguir o de programas a los que apoyar como, por ejemplo, ha sucedido en Cataluña y por otras razones, ya había pasado en Canarias mucho antes. No obstante, en el sur continuamos encontrándonos con exaltadores de la fiesta. Andalucía, y Huelva no puede ser menos, vive la tendencia rancia a alinearse con el poder de tal modo que las imaginarias enaguas palaciegas no cesan de barrer el piso de los salones de bailes y decisiones. La mentalidad preponderante busca por donde colar sus aguas residuales y trasnochadas sin dar la posibilidad para que otras opciones dispongan del mismo tiempo e iguales espacios para defender lo contrario. No se da para más. De ahí que si toca glorificar los toros, no se temblará y cual fiel escudero se marchará en cabeza a salvaguardar las ideas antaño patrias y serán muchos los que participarán de esa labor. Por otro lado, los indecisos hacen el juego a ese misma mentalidad que se niega a dejar paso a un nuevo tiempo de respeto por todos los seres vivos si no son necesarios para la alimentación humana.
Vuelvo a los toros sin haberme alejado de ellos. Imagínense que un Estado tan proclive a la defensa de los animales y en el que en el maltrato es tan, tan punible, no solo se permita el escarnio de un animal al que se saca de su entorno natural, se le obliga a enfrentarse con un hombre con el cual no quiere pendencia alguna y que ha de hacerlo en desigualdad de condiciones. Sigan figurando y vean cómo las fuerzas le van siendo mermadas por medio de puyadas sanguinarias y banderillas innobles e hirientes. Llegados al final de la exhibición y con la adrenalina en las criadillas y el corazón del oficiante, éste, espada vengadora de la nada en mano, pasará al sacrificio final del animal que tan poco ha podido hacer por su salvación Y no pasa nada.
Viéndolo así, cualquiera de ustedes habría llamado a la sociedad protectora de animales, o a la policía local, nacional o, mejor aún, a la guardia civil. Pero no, porque hay algo que lo cambia todo. Mientras aquel ser vivo ficticio ha sido vapuleado de tan diversas maneras, un hombre vestido con un traje vistoso y original bordado de oro ha ido meneando, con mayor o menor habilidad, un paño rojizo que hace que el animal lo siga y quede dominado, exhausto de las cuchilladas y los zarandeos. Y lo que empeora la cuestión: un coliseo entregado jalea y regala vítores al varón bregado que se ha enfrentado al maltrecho animal. La gente, plena de placer por la labor bien realizada pide, ondeando sus pañuelos al viento, una oreja, dos orejas o rabo también para el matarife. Así que, la matanza con crueldad del animal ha sido considerada no solamente no ilegal, sino digna de la mayor alabanza porque es fiesta nacional, arte y tradición. ¡Como si no hubiera tradiciones que cambiar o con las que acabar si no se quieren dar pasos de progreso hacia la dignidad!
La secuencia que hemos imaginado es una corrida de toros y sin entrar en otras razones de partidarios y detractores de esta tradición ya desterrada de algunas partes de España –por cierto, todavía se debe avanzar más en defensa de la dignidad de los toros en esos lugares-, pienso y digo que hay que plantearse la cuestión y crear conciencia humana y social sobre la misma. Pase el tiempo que pase, el debate se debe abrir y escuchar a unos y a otros para llegar a lugares comunes antes de dar el salto definitivo a la integración del festival en las normas de protección animal dentro de las cuales, me parece, no pueden caber. Maravillo Estado el español donde las normas se legislan para no ser cumplidas, al menos, no en su totalidad.

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2 comentarios

  1. Cinta Zambrano Ruiz on

    Difícil terreno pisas, Javier. Sales a los medios provisto de un capotillo y te enfrentas a un “miura” que sin ninguna duda intentará cornearte. Al igual que a todas esas personas que al igual que tú, muestran su postura anti fiesta taurina. La tauromaquia viene desde antiguo, vinculada a la cultura greco-latina, pues era practicada de diversas formas en cada territorio o isla, desde el Egeo hasta la ignota Iberia. Su decadencia, posiblemente se deba a la desaparición paulatina de reses “con casta”, quedando una pequeña reserva en la Camarga francesa, la lucha de “vacas del Valais suizo” y la gran reserva no natural, de grandes ganaderías establecidas en España y parte de Portugal, vestigio de lo que fuera el habitat de grandes puntas de ganado bravo. Cecilia Bölh de Faber sabía bastante de esto, y eso que era hija de un cónsul alemán. Mientras que haya un toro bravo, habrá un torero. Está en nuestros genes.

    • Maria del Rosario Rodriguez Garcia on

      Desde que existe el ser humano, jamás ha venido ninguno con los genes de las aficciones, no hay genes de futbolista, ni de montañero, ni de ciclista, ectr.

      Sí es cierto que hay genes de matador de toros, pero nó propiamente dicho, porque éstos genes son de asesinos sin escrúpulos, y éstos genes sí son hereditarios, y si encima se acompañan del ánimo de lucro de los millones que ganan por sus fechorias obsoletas y tercermundistas, pues doble motivo para alabar sus sangrientos genes.

      Puedo asegurar que para que “la fiesta” se convierta en un mal y penoso recuerdo, solo tiene que cambiar el sueldo del torero y equipararlo con el del albañil, ya veriamos el respeto que a ellos mismos le causan sus genes.

      Bueno, que Dios dé a cada uno lo que se merezca, quien sabe si en una próxima vida nacen toros, y se ven frente a un mal matador que no dé ni una.

      Shary.

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