El reloj biológico

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El ferry de Canarias atracado en el Muelle Sur.

El ferry de Canarias atracado en el Muelle Sur.

(Texto: José Antonio Mayo Abargues) Alfonso Rodríguez Coronel, vecino de Bonares, que veranea en la urbanización “Chicago” de Mazagón, salió a las ocho de la mañana del sábado 6 de julio con el “Agema”, un minúsculo barco de 3,40 metros de eslora, acompañado de su hermano, para echar un día de pesca que se prolongó un poco más de la cuenta. Ya sabéis que todos los pescadores tienen sus aparejos secretos, sus manías, sus costumbres y sus lugares de pesca preferidos, que a veces son ocupados por otros pescadores más avispados. El sitio en el que Alfonso se coloca habitualmente es frente al Muelle Sur, donde atraca el ferry que hace la línea Huelva-Canarias, un lugar en el que se da bien la pesca por las escolleras que hay cercanas; y precisamente ese día nadie había ocupado su sitio, por lo que la jornada de pesca iba a empezar bien, aunque las cosas no son como empiezan, sino como acaban.

No se estaba dando mal el día, y ya tenían en la cubierta media docena de corvinatas de un tamaño considerable que habían pescando a fondo con choco fresco pero las tripas de los dos tripulantes del “Agema” empezaron a rugir y el hermano le preguntó a Alfonso: «¿Qué hora es?» «No sé, pero yo le tengo cogido el truco al ferry, y la una no es todavía», dijo Alfonso muy seguro de sí mismo. «El ferry sale entre la una y la una y media», añadió. Sacaron las cañas, cambiaron la carnada y continuaron pescando. La pregunta de la hora se repitió varias veces, ya que el único reloj que tenían era el teléfono móvil que estaba guardado en el tambucho de proa y ninguno de los dos estaban dispuestos a perder de vista la caña para mirar la hora.

Alfonso y su hermano comenzaron a observar maniobras extrañas en el ferry, los vehículos que habían embarcado poco antes, estaban volviendo de nuevo a tierra, donde se divisaba un movimiento de gente poco habitual que iba de un lado a otro. «Mira, no sé que es lo que pasa, pero la una no es. Vamos a sacar las cañas y cambiamos la carnada», dijo Alfonso muy resolutivo. El ferry tenía los motores en marcha pero sin ninguna intención de zarpar. Alfonso miró el puntero de la caña, después miró hacia el ferry y dijo: «Pues no será .la una…»

Hacía un calor de justicia y el reloj biológico no paraba de sonar, por lo que Alfonso y su hermano decidieron poner rumbo al puerto deportivo de Mazagón con más hambre que un maestro de escuela de los años cuarenta. Recogieron la pesca y las bolsas del tambucho, y al mirar la hora no se lo podían creer: eran las cuatro de la tarde.

Sentados por fin a la mesa para comer —o más bien para merendar—, Alfonso y su hermano escuchaban estupefactos la noticia que daban por televisión: «Un aviso de bomba en el ferry de Canarias retrasa dos horas la salida del buque. Afortunadamente, todo quedó en una falsa alarma, y tras la inspección del barco por el equipo Técnico Especialista en Desactivación de Artefactos Explosivos (Tedax) con los perros detectores de bombas, el peligro quedaba descartado. Sobre las 12:15 horas una llamada anónima comunicaba a la Naviera Armas que había una bomba a bordo del barco que tenía prevista su salida una hora después. Durante más de dos horas, la policía rastreó con perros todos los rincones del barco, incluidas las bodegas, mercancías y todos los vehículos que iban a bordo, sin encontrar ningún artefacto explosivo», concluyó la presentadora. Alfonso miró a su hermano y los dos se partieron el culo de risa.

 

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