Jueves 30 de Junio de 2022

Laberinto social.
Soporífero opio del pueblo.
[Federico Soubrier]

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Federico Soubrier No sé si me da más pena el anuncio de la lotería de navidad, el dolor generalizado en España por el fallecimiento de la Duquesa de Alba, la querella contra Artur Mas o la entrada en prisión de Isabel Pantoja.

Un país en el que casi el cincuenta por ciento de sus asalariados no llegaron ni siquiera a ser mileuristas el año pasado debería tener otras preocupaciones, pero entiendo como el futbol y los toros sirvieron de bálsamo durante años y años. La televisión fue un magnífico invento para entretener al pueblo y que no fuese muy porculero pidiendo absurdas reivindicaciones.

Ahora se transmiten más partidos de fútbol que en toda la historia de la humanidad, uno o varios días sí, días no, y cuando tenemos padres que no pueden comprarles a sus hijos unos zapatos decentes, tienen entretenido al personal con el balón de oro. Los ídolos del futbol nacional son extranjeros y este soporífero opio del pueblo se ha convertido en un negocio que mueve un ingente capital, haciendo correr a tíos como trinquetes en calzoncillos detrás de un balón para terminar abrazándose como si no se viesen desde la mili.

Nunca he comprendido que una persona que gana más dinero al mes que los habitantes de un par de pueblos al año no sea capaz de pegar un pepinazo desde la portería y colársela en cada intento al portero del otro lado; en eso se esfuerzan mucho más los jugadores de baloncesto, tiene más mérito colarla en el aro desde la otra punta.

Las farándulas de Salsa Rosa, Gran Hermano, telenovelas sudamericanas y otras memeces purgativas de cerebros consiguen más audiencia que los ñus y las cebras de la segunda, debatiéndose por esquivar esos cocodrilos, ahora con nombres y apellidos a los que todos conocemos por repetirse los documentales hasta la saciedad.


No me imagino a los hombres cogiendo las escopetas de lo alto del armario, los azadones y las horquetas de la trilla para salir a la calle e impedir que les suban el recibo del agua o la luz tan desorbitadamente que pudieran terminar cortándosela. Pero, sí me llama la atención el que un inmigrante que cruza en una balsa de plástico el estrecho, llega con hipotermia, a punto de morirse, consigue un trabajo, vive con sus congéneres en una casa con agua y luz -cosa que desconocía-, obtiene la nacionalidad y se compra un coche, proteste por las tasas tan elevadas de la transferencia que se cobran en este país, diciendo que somos unos ladrones y se cague en el guardia porque lo sancionó por ir a 120 en una limitación de 60.

El espíritu de lucha que una vez habitó en este país lo ha matado la televisión poco a poco, siendo sus equipos de psicólogos los únicos en toda la nación que están realizando al dedillo su cometido, teniendo alelada a la población.

De momento y a la espera de nuevos aires, me voy a ver cómo Juancho, el cocodrilo más malo del Delta del Okavango, intenta devorar otro incauto ñu en Botswana, tierra de majestuosos elefantes.

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