Jueves 30 de Junio de 2022

Laberinto social.
Descuideros, rateros de pacotilla
[Federico Soubrier]

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Federico SoubrierRecuerdo que cuando era pequeño los carteristas en Madrid robaban todos los días en el metro y los domingos en el Rastro, cómo no.

Aquellos “profesionales” elegían a sus víctimas utilizando una psicología genuina, dado que no era lo mismo hacer un trabajo arriesgándote a que te pillasen y te calentasen a base de guantazos para llevarte una moneda de dos cincuenta y algunas de dos reales que un buen fajo de billetes de mil, por el que sí valía la pena jugársela.

Normalmente desvalijaban a personas adineradas o pudientes y, eso sí, echaban la documentación en un buzón de correos o la dejaban a la vista de otros transeúntes para que estos lo hiciesen. Indefectiblemente si te había tocado la china, ibas a la central y allí estaba tu cartera. Vacía de plata, pero al completo de identificación administrativa.

Ayer oía a una señora comentar que le habían robado el bolso y que en él portaba un billete de lotería de navidad; su marido lo había traído del sitio en el que trabajó durante unos meses en Badajoz y se sabían el número de memoria. Preguntaba que si tocaba, ¿cómo podía enterarse de quién lo cobraba?

La mujer se encuentra con tres problemas: el primero, rehacer todos los carnets y tarjetas que llevaba. El segundo, cambiar las cerraduras, ya que las llaves también volaron. El tercero, bueno, mejor será que no resulte premiado su número; lo digo por el disgusto, ya que la faena le va a costar más que el café de veintiún euros a Manuel en el bar de Antonio.
Cuando hay rastro de Mazagón, localidad donde vivo, sé que los trabajadores del servicio de limpieza a veces a la mañana siguiente encuentran tirados en el suelo algunos bolsos o carteras, señal de que todavía quedan algunos “sisadores considerados”.


Estos descuideros, rateros de pacotilla, que no devuelven la documentación ni las llaves, son tan estúpidos que no saben que son una macroempresa externalizada que trabaja para el gobierno. Sí, por cada robo el damnificado ingresa en las arcas estatales por sus duplicados una media de cuarenta euros y emplea en ello unas tres horas. Lo cual, en muchas ocasiones supera la cantidad robada, ya que hoy en día la mayor parte de los pagos se efectúan con las tarjetas y se mueve poco efectivo.
Mi experiencia personal: una mañana, en el centro de El Barrio Obrero, un chaval extranjero me metió la mano en el bolsillo de atrás del pantalón mientras yo hablaba por teléfono; afortunadamente era un novato y en la trifulca pude librarme de perder la cartera. Si aquel artista, supongo que ahora más experto, roba una cartera diaria, aporta al año más de 12.000 euros al tesoro nacional, toda una joya de la corona.

Por supuesto es mucho más ventajoso tener a esta panda de mangantes “trabajando” para la administración que meterlos en la cárcel y darles cama y comida seis meses.

En fin, amigos de lo ajeno, pensad que si devolvéis las billeteras y bolsos, vuestras víctimas, que a la postre somos todos nosotros, tendremos cuarenta euros más y tres horas extraordinarias de tiempo para que nos los podáis volver a quitar ¡Hasta para robar habría que tener clase!

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