DESDE BARCELONA.
Navidad.
[Jordi Querol]

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Hace ya varios días, en Nueva York (NY), la Navidad se insinuaba con precisión a través de un sinfín de señales que recordaban que estos bulliciosos días son de paz y de alegría. En cualquier rincón de esta singular urbe, siempre se asomaba el perfil de un Papa Noel, algún grupo de jóvenes cantando villancicos, cuantiosos árboles de Navidad y, por encima de todos ellos, el más abrumador: el simbólico árbol del Rockefeler Center. Al llegar a Barcelona (aunque con algo de frío), pude comprobar la benignidad de su clima y su colosal y extraordinaria claridad, una luz especial muy distinta a la de NY.

El cielo absolutamente azul de mi ciudad, la herencia cultural recibida de mis mayores, y la paz familiar que respiro estos días, influyen en mí de una manera un tanto exclusiva. El primer síntoma es la aparición de una agradable melancolía; de pronto vuelven a mi mente recuerdos de mis vivencias infantiles, acompañadas siempre de imágenes lejanas de todos aquellos seres queridos que ya no están. Recordar a mis padres es, en Navidad, una especie de religión. Necesito pensar en ellos y unirlos a la realidad actual de mi familia. El hecho de fundir estas dos dimensiones, por un lado el indudable presente y, por el otro, las memorias sentimentales y remotas, me provocan una agradable emoción de sosiego. Los que ya conocen el secreto del más allá siguen en mi corazón y, durante esos atrayentes días que siempre paso en Barcelona, mi mente los resucita y perpetúa. Recuerdo, sobre todo, la larga mesa de Navidad que mis padres preparaban con mucho esmero, donde todos nosotros, compartíamos emociones y prosperidad.

Ahora, en el mismo espacio, la mesa aún es más larga, y otros rostros (también queridos) los han sustituido. Por la noche del día 24 yo he tomado de manera automática y sin necesidad de negociación, el liderazgo de la tribu íntima a la que pertenezco; en todas las familias suele pasar eso y todos sus miembros lo aceptan con satisfacción. Hablamos, nos reímos y, rodeados de cava, nos sentimos felices. Nadie lo comenta pero, todos, en algún momento, pensamos en los que ya no están. En Navidad (en mi casa), alrededor de la mencionada mesa y mezclando tres idiomas sin problema alguno, nuestras pequeñas diferencias desaparecen y viendo la felicidad de nuestros nietos sentimos que estamos más juntos y más unidos. Sin embargo, después, a solas y muy sinceramente, los mayores reconocemos que no seguimos la tradición ni por los nietos, hermanos e hijos presentes, ni por los padres que ya no están, seguimos la Navidad por nosotros mismos.

En el exterior, las calles están iluminadas y Barcelona, constantemente plural y repleta como siempre de gente, encubriendo disimuladamente la crisis, refleja la ilusión de muchos. Es nuestra ciudad y, cada día que pasa, la queremos un poquito más porque ella ha sido el escenario de todo lo ‘nuestro’, el soporte físico de nuestras mejores vivencias y recuerdos más íntimos, a veces, pueriles, pero que han acabado siendo significativos.

A todos vosotros, director, colaboradores y escritores de Huelvaya que, juntos, viajamos con respeto y continuamente por estos infinitos y variados mundos de las ideas y la información, desde Barcelona, os deseo lo mejor para estas fiestas venideras y, por supuesto y de todo corazón, a mis lectores y amigos de Huelva, lo mismo: Felices Navidades y un próspero año 2015.

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